Cuando dos críticos conversan

Héctor Soto y Isaac León Frías

Por Enrique Planas

 
 

Amigos desde los militantes años de la imprescindible revista Hablemos de cine, el crítico peruano y su colega chileno se sientan a dialogar sobre dos pasiones compartidas: escribir y ver películas.

[Publicada originalmente en el diario El Comercio, de Perú.]

Cuando dos viejos amigos se encuentran, hablan de muchas cosas. Pero cuando, además, se trata de dos veteranos críticos de cine, el encuentro se vuelve monotemático: la cinefilia lo envuelve todo. El Festival de Lima sirvió, entre otras cosas, para que se reencuentren dos notables analistas de la pantalla grande: el chileno Héctor Soto y el peruano Isaac León Frías. Y el encuentro genera, además, un intercambio de libros. Coincidentemente, ambos entregaron recientemente a la imprenta dos textos imprescindibles. Soto presentó en este encuentro de cine su recopilación Una vida crítica, reunida y editada por el escritor y cineadicto chileno Alberto Fuguet, mientras que “Chacho” León hizo lo propio con Grandes ilusiones, lúcida colección de ensayos que recorren buena parte de la historia del cine.

El comienzo de una gran amistad partió de un encuentro en Santiago, en militantes reuniones de cineclub a inicios de los setenta, en los años del gobierno de Salvador Allende. El entonces joven (pero jamás imberbe) crítico peruano viajó junto con Federico de Cárdenas y Juan Bullita en representación de la revista Hablemos de cine, por entonces toda una institución de la nueva crítica en Latinoamérica. “Recuerdo que me trataron muy respetuosamente, cuando era un jovencito. Allí se creó el lazo personal con Héctor y los amigos de Santiago, que compartíamos una visión del cine y el entusiasmo por ciertas películas”, cuenta el crítico limeño, quien reconoce a ese grupo de críticos chilenos como sus primeros hermanos espirituales. “Predominaba en esa época una crítica mucho más pegada a los nombres prestigiosos, a escribir solo de “un cine trascendente”. Su cómplice porteño (nacido en Valparaíso) está de acuerdo: “Sociológicamente calificado”, digamos. ” Y en ese tipo de crítica, a los argentinos no les ganaba nadie”, afirma Soto .

Comparten la misma pasión pero han publicados dos libros diametralmente distintos. Grandes ilusiones es un libro académico, interesado en ordenar las ideas a manera de ensayo, y Una vida crítica es un volumen de crítica especialmente libre…

Isaac León Frías: Grandes ilusiones no es un libro de críticas. Es de ensayos, y algunos especialmente académicos, escritos para congresos. Algunas son conferencias para ser publicadas, otros textos son más periodísticos, aunque reelaborados, corregidos. En el caso de Héctor, su prosa es impecable, de una justeza que me recuerda la tradición más anglosajona, donde no hay exceso retórico y más bien una enorme capacidad de síntesis y al mismo tiempo de elegancia estilística.

Héctor Soto: Yo todo lo que he escrito ha sido para los medios. Creo que nunca he escrito una puta línea que no sea publicada a la semana o al mes siguiente…

I.L.F.: ¿Nunca?

H.S.: No. ¡No tengo ningún rigor! He tenido la suerte de trabajar la crítica desde la primera línea de fuego, escribiendo reseñas para publicar al día o a la semana siguiente. He tenido la suerte de tener algunas tribunas para hablar de las películas que me gustan. Las películas las escojo yo, y puedo volver sobre ella a la semana subsiguiente, lo que me da una cierta distancia. Pero nunca he trabajado en términos ensayísticos, o en proyectos para alguna universidad. Son experiencias que no conozco.

Enrique Planas: Sé, por el prólogo de Alberto Fuguet, que este libro le fue casi “arrebatado” para ser publicado.

H.S.: Yo no lo quería publicar. No creo mucho en los libros que recopilan columnas. Los libros son otra cosa…

E.P.: Pero los editores (Alberto Fuguet y Christian Ramírez) no han hecho una mera recolección de recortes de prensa. Han sabido reunirlos con una perspectiva especialmente coherente…

I.L.F.: Yo creo que Alberto Fuguet y Christian Ramírez han hecho un gran trabajo de edición.

H.S.: No sé. Hasta donde los vi, ellos separaban las críticas en carpetas distintas. Sé que a la primera carpeta, que reunía los textos de lo que sería la primera parte, sobre ir al cine y la cinefilia, le habían puesto un nombre muy bueno. ¿Sabes como se llamaba? ¡Pajas! (risas).

E.P.: Fuguet cuenta que tuvieron que forzarlo a escribir una crítica de El padrino (Francis Ford Coppola, 1972), ya que en la época de su estreno le pareció “una película más de gánsteres”. ¿Cuáles son los errores u omisiones como críticos que más les duelen?

H.S.: No me alcanzaría la vida para precisar mis errores, para decir que me quedé corto con alguna película. Precisamente porque escribir es un acto espontáneo, hijo de las circunstancias. Además, Una vida crítica no es un libro del cine que más me gusta, sino el cine que yo veía y comentaba en Santiago de acuerdo con la cartelera.

I.L.F: Efectivamente, películas sobre Bresson, Dreyer o Visconti casi no encuentras. Estás limitado por la cartelera.

E.P.: Ambos libros confiesan la perspectiva del crítico del tercer mundo, aquel que lamenta el buen cine que no aterriza en sus países. 

I.L.F: Y eso que la cartelera de Santiago es bastante mejor que la nuestra. ¡Aunque dicen que hasta los franceses se quejan del cine que ven! (risas). Pero sobre el tema de los errores, pienso que hay gazapos y dislates, y también perspectivas que uno va cambiando con el tiempo. Cosas que antes has escrito y ahora te avergüenzan un poco. Entusiasmos excesivos o ‘“flechazos” que ya no suscribirías. Sobre el caso de El padrino, te diré que en su momento el único crítico que quiso salvarla fui yo. Pero ninguno de nosotros supo calibrar su valor. Ya tras la segunda y, por supuesto, la tercera, la película estaba consagrada. El día del lanzamiento de mi libro en la feria, Alberto Fuguet me preguntó si, en el caso de Clint Eastwood, yo había advertido desde un primer momento su talento. Y me hubiera gustado decirle que sí, pero no supe verlo. El cine de Eastwood me ha ido ganando progresivamente. He vuelto a ver sus películas y me parecen mucho mejores de cuando las vi en un primer momento. Lamentablemente, eso le pasa a todos los críticos, muchas veces no tenemos esa capacidad de apertura para el descubrimiento. Sea de forma consciente o inconsciente, el prestigio, la celebridad o ciertos valores artísticos más o menos asentados van segmentando el mundo de manera que lo que reconoces en la obra de un autor lleva a un terreno más cercano y familiar. En cambio, frente a lo distinto, te arriesgas menos.

H.S.: Y los directores van cambiando también. Por ejemplo, en los años 80, medio mundo se entusiasmó con Brian De Palma. Yo me fanaticé en algún momento con él. Películas como Siamesas mortales (1973) o Vestida para matar (1980) literalmente casi me cambiaron la vida. Luego De Palma entró en una etapa de caída libre y después se ha recuperado un poco. Ahora es un director más o menos intercambiable.

E.P.: ¿Qué opinan del caso Tarantino?

H.S.: Yo con Tarantino he pasado varios momentos. Gran entusiasmo inicial, mucho escepticismo después. Películas como Kill Bill (2003-2004) me parecen simpáticas pero nada más. Sin embargo, me reencontré con él después de ver Death Proof (2007). Allí hay un cineasta con un amor al cine brutal. Me encantó.

I.L.F.: A mí me gustó Kill Bill. Tarantino tiene una pasión que no encuentras lamentablemente en muchos cineastas estadounidenses de hoy. Creo que las fórmulas, la rutina, es lo que predomina.

E.P.: Otra cosa en la que ambos coinciden desde los tiempos de Hablemos de cine es su defensa del cine de género…

H.S.: El cine de género tiene una cosa maravillosa: te permite conectar con la historia con mucha facilidad, muy tempranamente. Ron Wood decía que las convenciones del género nos permiten explicar por qué es mucho mas fácil conectar con una sinfonía de Mozart que con una pieza de Stravinski. En una hay un código, un formato que manejamos y que nos permite entrar y conectar muy rápidamente. Con la otra nos cuesta más. De hecho, una lectura que se puede hacer en general sobre el cine de la modernidad es el tremendo esfuerzo de los realizadores para llegar a conectar, pero no desde la convención del género.

E.P.: Hablando de géneros, ¿creen que el western está ya enterrado o siempre será capaz de reinventarse?

H.S.: Como excepción, creo que siempre podrá reinventarse. Como lo hizo en los años 90. Pero excepcionalmente. No como género masivo.

E.P.: En Grandes ilusiones, Isaac analiza por qué determinados géneros explican tan bien momentos históricos y luego dejan de sintonizar. ¿Qué creen que sucedió en el caso del western?

I.L.F.: En el caso del western hay una serie de factores que explican por qué dejó de ser el género popular por excelencia, especialmente en la década del 50. Creo que la televisión es uno de los factores que terminó con él.

H.S.: La televisión y el relativismo moral…

I.L.F.: Exactamente. Hoy ya no hay lugar para el héroe noble, romántico de la tradición. Es un aventurero más, tan maldito o aprovechador como todos.

H.S.: El western clásico resulta si crees en la fidelidad, en la ley, el orden, la justicia, los buenos, los malos, la mujer, la familia, el futuro. ¿Hoy quién cree en el futuro?

I.L.: Es un género de arquetipos muy fuertes y tradicionales. Pero el mundo cambia, y la épica se manifiesta de otras formas. Los pocos westerns que se filman hoy son en su mayor parte revisionistas, es el western de la mala conciencia, que plantea invertir la lectura de la historia que el western tradicional hizo. Yo estoy esperando que, al final de su carrera, Clint Eastwood haga otro western. No sé si lo hará. Han pasado ya varios años desde Los imperdonables (1992). Aunque hizo la notable Un mundo perfecto (1993), que, creo, es un semiwestern.

E.P.: ¿Cómo es la relación de amor odio de ambos con el cine de sus respectivos países? Sé que Héctor es famoso por su pesimismo frente al cine chileno.

H.S.: Mi aproximación al cine está marcada básicamente por la cinefilia. Yo siempre digo que si yo hubiera visto solo cine chileno, no habría sido cinéfilo. Tan simple como eso. No creas que celebro decirlo, me duele pero es la verdad. Sobre todo en los últimos años, creo que el cine chileno es una promesa que no se ha cumplido cabalmente. Rescato del cine chileno películas como La frontera (Ricardo Larraín, 1991), Taxi para tres (Orlando Lubbert, 2001), Machuca (Andrés Wood, 2004), pero me parece que están más en la lógica de la excepción que de la regla general.

I.L.F: Yo tengo otro problema. Algunos excríticos amigos han pasado a la dirección, y eso me ha puesto en problemas. Trato de ser honesto en la crítica y aunque sé que les duele, tengo un trabajo que hacer.

E.P.: ¿Han perdido amigos por sus críticas?

I.L.F.: Más bien ha habido distanciamientos. Hay gente que te mira siempre con cierta desconfianza. Algunos te quitan el saludo. Me pasa con el cine peruano igual que con nuestra selección de fútbol. Creo que no hay razones para el entusiasmo. No se puede esperar que en un país que produce tres películas al año, se produzcan obras maestras.

H.S.: Un crítico debe ser honesto, no debe sumarse a modas, a poses. A la larga, esas cosas te cobran la cuenta.

I..L.F: Hay otro problema: la moda del “todo vale”. Considerar a Ed Wood como un cineasta de culto, por ejemplo, es algo que confunde. Llega el momento en que no se sabe si Ed Wood es mejor que Tim Burton. Y eso pasa con muchos. El brasero se vuelve igual, no hay valoración, ni discriminación. Y sí existen las jerarquías, no todo es lo mismo.

E.P.: ¿Es importante reivindicar un canon en el cine?

I.L.F.: Sin duda. Aunque creo que el cine debe estar en permanente revisión. Sin ninguna actitud sacralizadora.

 

 
Como citar:
Planas, E. (2008). Cuando dos críticos conversan , laFuga, 8. [Fecha de consulta: 2017-03-30] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/cuando-dos-criticos-conversan/7