El conde

¿El Conde quién? Una crítica epistolar

Por Wolf Bongers y M. Paula Díaz

Director: Pablo Larraín Año: 2023 País: Chile

 
 

MP

Te quiero invitar a intercambiar algunas ideas sobre El Conde. Te preguntarás: ¿Quién es el Conde? Y es lo que también me pregunto: ¿El Conde quién? Con esto quiero comenzar nuestro diálogo. Y digo, de inmediato: Gato por liebre. ¡El Conde es Larraín (el viejo)! Y Larraín (el joven, el cineasta) quiere pasarlo por Pinochet… y nos pregunto: qué demonios le pasó por la cabeza a este talentoso cineasta chileno a los 50 años del golpe cívico militar. Vaya momento y maniobra publicitaria para trabajar las tribulaciones complejas de la familia Pinochet (Larraín). Expreso mi asombro: Pablo Larraín creó una mirada singular, polémica, diría hasta necesaria sobre su país natal, posdictatorial. Recordemos la trilogía de Tony Manero, Post mortem y No… luego El club. A partir de Neruda pasa algo con el cine de Larraín, un desplazamiento al retrato de figuras famosas a nivel global, muy heterogéneas: Neruda, Jackie Kennedy, Lady Di (con una Ema porteña vibrante entre medio), y ahora Pinochet. Pinochet Larraín!!

Claro, los dos son vampiros chupasangre, no es una metáfora muy original, aunque no alcanzarán nunca la crueldad frívola y sensual del original: el Drácula de Bram Stoker, junto al Nosferatu de Murnau, son seres admirables, unos milagros de la fantasía literaria decimonónica puestos en imágenes en movimiento del cine silente. Nos muestran que la sangre fluye como el dinero por las venas de la sociedad industrial, y hay que abrir y aprovechar esos flujos para alimentarse y sobrevivir, hacerse inmortales, cueste lo que cueste. Pues, quiero entender que los Pinochet Larraín no lo lograrán, no son inmortales, son unos fascistas antipáticos, insensibles y nada sensuales que cargan con la desaparición y la muerte de muchos inocentes.

¿Qué dirás tú, MP?

W:

Me alegra este intercambio, me ayuda a digerir algo que no logro elaborar a cabalidad luego de ver El Conde. Escribir es siempre un gran ejercicio de elucidación, y más aún entre dos.

Sí, ¡a los 50 años del golpe! El Conde (Larraín) elige esta fecha para renacer. A vuelo de pájaro pienso también que el traumático y sintomatizante acontecimiento del 11 de septiembre se maneja desde el marketing. Desde mi modo de ver, esto sigue convirtiendo al Golpe de estado en algo muy depredador para los chilenos: irrealizar el traumatismo con un chiste de mal gusto, borrar su violencia con un producto Netflix, volverlo un momento de entretención. Como hemos conversado en otras ocasiones, es una vez más la voracidad del colonialismo capitalista que transforma la vida en un producto de consumo, consumo que colma lo que incomoda. Percibo que en Chile, no nos gusta incomodarnos, no querer hacer enojar, no indisponer, el miedo.

Y dudo … y siento rabia… y me corrijo … y me pregunto si estaré exigiendo demasiado al cine (y al arte): que responda a una necesidad (mía) de elaborar el traumatismo chileno. Qué puedo pedirle al cine chileno en la conmemoración de los 50 años. Me pregunto: ¿cómo representar a Pinochet?

 Como me da la gana II… Ahí sale Larraín, hablando de su cine, ¿recuerdas? La pregunta por lo cinematográfico. Bueno, no te hablé de la película desde otros puntos, diríamos, más cinematográficos. En el Conde, ¿emerge lo cinematográfico?  

 MP:

¡Vaya preguntas! Es necesario repensar la relación entre historia, memoria y cine en momentos tan dramáticos. Ahora, el Pinocho superhéroe chileno de Larraín me parece patético. Da vergüenza ajena ver al Vadell de Larraín después de haber visto al Vadell de Raúl Ruiz en otro estreno conmemorativo: El realismo socialista, una película realizada en 1973 y no concluida debido al Golpe, recuperada, remontada y terminada por Valeria Sarmiento. ¡Qué maneras diferentes de entender el cine! Y retorno a tu pregunta: ¿qué podemos esperar del cine?

En El Conde, los diálogos que mantiene Pinochet con su esposa y sus familiares son, en su gran mayoría, chistes de mal gusto, aunque vimos no poca gente en la sala riéndose de ellos, ¿te acuerdas? Para mí, toda la película es un chiste de mal gusto. Bueno, en cuanto a lo estético, rescato el blanco y negro que recuerda al mejor cine negro, algunos planos de Santiago por la noche, una Paula Luchsinger que concentra, entre la imagen de Juana de Arco de Dreyer y la femme fatale posmoderna (y aristócrata), toda la sensualidad vampírica de la que carece el falso y viejo conde. Y quizá, para los cinéfilos, esos guiños graciosos al cine de género que abundan en la película. That’s it.

Es pasar un mal chiste (familiar) por cine de memoria (¡pero qué memoria!). Si Larraín hubiera apostado por más sarcasmo, por más gore y más elementos grotescos, quizá habría pasado a la historia del cine como un experimento raro, peculiar, de un cineasta chileno consagrado que ha vuelto a activar su ojo cinematográfico para ofrecernos algo distinto. Pero no, queda esa sensación terrible del despropósito, de lo tramposo, de lo mal logrado, de una desilusión.

 W:

Seguimos… La ironía y la sátira como narrativas posibles … la tradición vampírica en el cine … 

Recapitulemos: un Pinochet vampiro depresivo que quiere morir y está sintiendo la injusticia que ejerce el pueblo chileno sobre el Conde, salvador del país. Una monja joven, perversa (igual que él) con rasgos europeos, solo identificables en la clase alta chilena, no en la mestiza, menos en la mapuche; le devuelve el deseo de vivir y cojer, y él le chupa la sangre a ella y al mayordomo, y nunca a Lucía. Luego aparece la madre vampira europea (Thatcher) con mano de hierro, a salvar a su hijo Conde huacho. Luego del fracaso en el amor con la monja se refugia en su amor edípico y regresa a la vida como un escolar. El relato a veces es contado por la voz en off femenina de Thatcher, cuyo tono alude a una madre contando un cuento infantil a su hijx.

Este melodrama se mezcla con los relatos de las entrevistas que hace la monja, dispositivo ya visto en El Club, sobre el robo que la familia Pinochet consuma al pueblo de Chile: las estafas, la traición, el arribismo colonialista circulan como significantes en la película a través de un montaje netfixante.

En la película, no está puesto el acento en los crímenes y las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en su dictadura, y sí en el robo. Este gesto de Larraín de tapar algo, lo esencial, realzando otra cosa que, por lo demás, excomulgue al ala política que representa su padre, ya lo habíamos visto en algunas de las películas de él que nombras.

Me cuesta separar al padre, al hijo y al cineasta, no sé si se puede, ¿tú puedes?

La película me perturba, porque transforma a Pinochet en un ser inmortal, ¡un vampiro!, un mediador de mundos. El Conde Pinochet vuelve a quedar impune en la pantalla y, frente a todos, come cabritas..

No sé qué más te puedo comentar, W. ¿Hablar de los buenos actores, los mismos de la TV, de los encuadres y planos que algunos comentan como increíbles? Bueno, ya lo dijiste, hay un arte del blanco y negro de la tradición vampírica, sí, pero dentro de un cine de mal gusto, con un guión deficiente (qué raro, escrito junto a Calderón, cuyo teatro político es otra cosa), que hace desencajar el artificio. Por otra parte, la musicalización rellena falencias, no mucho más. Sospecho. Sospecho todo el tiempo de Larraín, de su autenticidad comerciante que produce la paulatina inautenticidad del creador.

Por qué habría de articular la historia de un milico campesino dictador chileno con un origen europeo que atraviesa la historia de otras historias del viejo mundo, sino para resolver cómo hacer que una historia local seduzca al espectador internacional netflix. Lo que rescato de esta película es que, sin quererlo, se vuelve un buen objeto para analizar las perversiones socioculturales que emergen sin parar en esta finis terrae.

Adiós W

Adiós MP

 

 
Como citar:
Bongers, W. (2023). El conde, laFuga, 27. [Fecha de consulta: 2024-06-24] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-conde/1153