El custodio

La seguridad a través de pantallas

Por Maite Alberdi

 
 

Mis películas preferidas de SANFIC trataban sobre el mismo tema: la seguridad (“Netto” y “El Custodio”). Siempre he sido miedosa, pero no tomo medidas extremas para aplacar este sentimiento, pues tengo la certeza absoluta de que todos los aparatos que servirían para salvaguardar mi vida son violables. En un contexto en el cual prolifera la inseguridad hacia los sistemas de protección es interesante observar personajes que se sienten capaces de proteger a otros. La obsesión por la seguridad se justifica en un ambiente en el cual todos pueden ser un posible blanco, pero muy pocos necesitan un guardaespaldas que atente contra la vida propia. Nadie, más bien. Por una cuestión de lógica. “El Custodio” se basa en esa premisa: Rubén protege a un ministro que nadie quiere atacar pese a su controversial figura política, lo que hace injustificable la necesidad de protección y el burocrático aparataje utilizado para llevarla a cabo.

Los sistemas de seguridad para ser efectivos deben pasar inadvertidos. Rubén -Julio Chávez-, el custodio, aplica esta norma: él es la sombra del ministro y por ende está obligado a vivir una vida que le es ajena. Sus acciones están subordinadas al protagonismo de otros; desde un lugar convencional sería una función menor, en otra película un personaje secundario o trivializable. Pero aquí se transforma en un héroe óptico. Su tarea es mirar y nosotros somos testigos de esa observación. Nos convertimos en testigos de un testigo. Constatamos cómo se vive un oficio que corre el riesgo de no ser ejercido nunca plenamente; él se ha preparado toda la vida para vivir ese segundo en el cual todo está en juego, pero dado que ese instante nunca se acerca, la única manera de que suceda es forjándolo, pues se niega a quedarse pasmado en la inacción. Esa necesidad de cambio resulta un poco abrupta, puesto que nos hemos acostumbrado a acompañar a un hombre que nunca figura, ni siquiera en el ámbito privado. La acción que precipita el final nos hace cuestionar los comportamientos anteriores; aparece la duda de si todo fue una preparación para ese cierre, porque ya nos habíamos acostumbrado a la idea de quedarnos con la preparación de un momento que jamás ocurriría, asumíamos la carencia permanente.

Es el propio Rubén quien determina la estética de la película. La prolijidad de Rodrigo Moreno se evidencia en su desarrollo del punto de vista, que no abandona jamás, se atreve a correr el riesgo de que las grandes situaciones ocurran en el fuera de campo. El custodio está alejado de todo y la mirada de la cámara emula esa distancia al mantenerse lejos del propio protagonista. Las puertas lo separan y le recuerdan cuál es su lugar, nosotros tampoco lo observamos directamente. Distintos objetos funcionan como reencuadres, enfatizando una y otra vez la subordinación. La imposibilidad de acceso directo a Rubén - situación que metaforiza la labor del guardaespaldas- se plasma en las materialidades que intervienen para llegar a los sujetos que protege.

La subjetivización no la capta exclusivamente la cámara sino que también el audio, lo que evidencia la conciencia sonora propuesta por Moreno. El silencio abruma enfatizando la imposibilidad de escuchar o descifrar las conversaciones que ocurren en la lejanía, se mira la vida ajena pero no se oye del todo, la única opción disponible resulta ser escucharse a sí mismo. Percibimos los sonidos del cuerpo, la respiración llena el cuadro y se acompaña del ruido que producen los objetos con el roce, todo tiene una sonoridad, lo que de algún modo evoca a “Play Time” de Jacques Tati.

Rubén habita espacios que habitualmente están destinados a la transición; se detiene en lugares en los cuales todos pasan y desde allí ejerce su función vigilante. “El Custodio” nos recuerda que la mirada es la figura hegemónica de la vida social urbana, habla sobre la autonomía de la vista, es una nueva reflexividad del cine que nos recuerda la función que ha adquirido la mirada en la modernidad: la vigilancia. La vida social está rodeada de cámaras en todos los sitios, en este caso el vigilante es humano y nosotros lo percibimos a través del registro, imitamos su labor. Las pantallas y los distintos elementos que ayudan a acercar la vista rodean a Rubén y nos hacen reflexionar sobre nuestros propios medios de observación. Como señala Le Breton: “Cada vez más observamos el mundo a través de pantallas, no sólo las de los aparatos audiovisuales conocidos (televisión, video, pantallas de computadoras, etc…) También el parabrisas del auto o la ventanilla del tren nos ofrecen un desfile de imágenes carentes de realidad…” [1] La vida está obstruida por estos objetos que afectan el contacto directo; ver esta película o cualquier otra no estaría tan alejado de nuestro comportamiento habitual, siempre obstruido por tal batería de mediaciones.

[1] Le Breton, David. “Antropología del cuerpo y modernidad” Editorial Nueva Visión. Buenos Aires. 2002.

Título: El Custodio

Director: Rodrigo Moreno

País: Argentina, Francia, Alemania, Uruguay

Año:  2006

 

 
Como citar:
Alberdi, M. (2005). El custodio, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-04-29] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-custodio/185