El edificio de los chilenos

La memoria como redención

Por Felipe Blanco

Director: Macarena Aguiló Año: 2011 País: Chile

 
 

En Lejos de la Ley (Running on Empty, 1988), esa gran película olvidada de Sidney Lumet, River Phoenix encarna a un adolescente que asumió las decisiones políticas que tomaron sus padres dos décadas antes y que transformaron a su familia en fugitiva de la justicia estadounidense. Hasta que un día, impulsado por su atracción hacia una muchacha –y también por el fortalecimiento de su propio proceso de crecimiento y autonomía–, decide cortar ataduras y emprender camino propio.

Aunque a primera vista la comparación podría parecer antojadiza, esta película de Macarena Aguiló, codirigida con Susana Foxley, transita por un terreno similar al del filme de Lumet: el de las deudas heredadas por los hijos y la necesidad de romper con ellas sin hacer añicos sus afectos.

El Edificio de los Chilenos no es el primer documental autobiográfico en la producción audiovisual local –ya están, por nombrar sólo los más recientes, Reinalda del Carmen, mi Mamá y Yo (de Lorena Giachino), Mi Vida con Carlos (de Germán Berger) y Calle Santa Fe (de Carmen Castillo)–. Sin embargo, este trabajo es particularmente desgarrador no sólo por la intimidad y fractura que logra, sino además porque en muchos sentidos esta es la historia de un fracaso, un fracaso que adquiere dimensiones sociales y afectivas que sobrepasan el alcance individual.

La cinta narra la gestación del “Proyecto Hogares”, una estrategia colectiva de cuidado y educación de los hijos de miembros del MIR en el exilio que funcionó desde fines de los años setenta como una gran comunidad, primero en Francia y más tarde en Cuba. Su objetivo fue permitir que los militantes y, especialmente, las militantes del movimiento, pudieran retornar clandestinamente a Chile sin arriesgar la seguridad de sus hijos pequeños, que quedaron al cuidado de “Padres Sociales”.

Macarena Aguiló fue parte de esa historia (su madre tomó la opción de retornar a Chile) y su niñez se definió a partir de una serie de separaciones filiales (la de su padre primero, luego su madre y más tarde de su “padre social”) y territoriales (Chile, Francia, Cuba). Con esos elementos políticos y privados, El Edificio de los Chilenos moviliza gran cantidad de ejes temáticos en la medida que la historia que abarca es política pero también afectiva; es individual y al mismo tiempo colectiva.

El primer triunfo de la película consiste precisamente en equilibrar el caudaloso material que tenía entre manos no sólo para impedir que la narración en primera persona ahogara la perspectiva generacional sino, más difícil aún, dotar a ese lado íntimo de una disciplina que sólo es posible cuando las heridas de ese proceso parecen haber sanado. Esta historia se prestaba como pocas para recriminaciones públicas y exhibicionismos; pero la contención, a veces estoica, con que Aguiló retrata su propio trayecto es admirable, sobre todo tomando en cuenta la profundidad de los dolores acumulados en el camino.

En definitiva, lo que el documental retrata es el resultado de un experimento de laboratorio. Los sobrevivientes de esa experiencia –entonces niños que hoy rondan los 35 años–, parecen haber sido marcados, algunos con mayor cinismo, otros con distancia absoluta, como conejillos de indias a partir de una suma de decisiones cupulares que en un momento los juntaron y que, años más tarde, los separaron.

Sin duda que en ese episodio son los progenitores quienes parecen tener más cuentas pendientes al respecto. Los instantes más desgarradores de la película surgen precisamente de ahí y ese pequeño énfasis da cuenta de que lo que está en juego en El Edificio de los Chilenos es el habla de los padres –biológicos y sociales por igual– como una forma de redención antes que como simple acto de mea culpa.

En esa compleja red de transferencia no sólo de identidades (padres que abandonaron a sus hijos, militantes que asumieron ese papel con todas las implicancias afectivas resultantes) sino también de culpas (“si me lo hubieras pedido me habría quedado”, dice la madre de la protagonista a su hija), lo testimonial también cumple la función de restituir, por la vía del recuerdo y de la memoria, los vacíos dejados por el desarraigo y por esa permanente ilusión de felicidad que (en Francia, en Cuba o en Chile) terminó siempre hecha trizas.

Más que histórica, la reconstrucción de la experiencia que busca Macarena Aguiló es profundamente emotiva. No hay pragmatismo ni didactismo. Sólo dar cuenta de una herida silenciosa, de la manera en que se llevó a cabo una idea perfecta que a la larga la transformó en víctima tanto a ella como a un puñado de niños más.

Aunque es difícil que un documental una definitivamente esos abismos, sí es posible pensar que esta película permitió tender puentes entre el pasado y el futuro de su protagonista.

 

 
Como citar:
Blanco, F. (2012). El edificio de los chilenos, laFuga, 13. [Fecha de consulta: 2017-05-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-edificio-de-los-chilenos/502