El Pejesapo

Monos ateridos de frío

Por Juan E. Murillo

 
 

El pejesapo (José Luis Sepúlveda, 2007) es una película que la plataforma audiovisual seguramente no incorporará en valijas diplomáticas para pasearlas por el viejo continente. Los trabajos anteriores de su director difícilmente accederán a un escaño en la ‘Enciclopedia del Cortometraje Chileno’, pese a sobrarles premios. Y de haber postulado al Fondo de Fomento al Audiovisual, los jurados deben sentirse aliviados por no haberle dado un peso.

Y es que para algunos, para los que se esfuerzan en institucionalizar cierto “buen cine”, una película como El pejesapo puede significar un escandaloso retroceso, una mordida rabiosa, una patada en el culo. Hablo de suposiciones porque ignoro si la película será exhibida.

Y ya que está de moda la catequesis crítica, veamos cuales serían los 7 pecados capitales que justificarían un eventual (esperemos que no) rechazo de El pejesapo:

  1. La característica principal de los “peces de roca”, entre ellos el pejesapo (pero también el pejeperro, la vieja, el apañado, etc.) radica en su aspecto poco agraciado, por no decir repugnante. De ahí que se coman poco, pues para muchos el gusto entra por la vista. El pejesapo es una película fea, pero sabrosa.
  2. Suena tan mal que hubo que subtitularla de cabo a rabo. Ahora bien, muchas películas chilenas que sí cumplen con las curvas sensitométricas de los catálogos Kodak y otras sacralidades técnicas me provocan curiosidad: la expresión marginal aparece domesticada, pistoleros y ladrones que hablan a la perfección, drogadictos y angustiados cuya prosodia es envidiable, como si se tratara de un doblaje sociológico.
  3. Políticamente incorrecta; en La ciudad de los fotógrafos (Sebastián Moreno, 2006) aparece un joven Lagos Escobar testimoniando su compromiso con la causa de los derechos humanos. No dudo que su participación política haya sido importante y honesta en tiempos duros, pero tampoco se puede ignorar su cómoda posición actual. Y unir ambos “frentes” me parece sumamente conveniente para fines institucionales, pues no creo en la publicidad gratuita. En El pejesapo, en cambio, Luisa Durán no queda muy bien parada como el “aval” político de una empresa que ostenta una dudosa vocación para rehabilitar ex-convictos.
  4. No ofrece una representación “piadosa” de las minorías, sean estas sexuales, étnicas, o mentales. La mujer del protagonista no sólo sufre de parálisis infantil; sufre de amor. Mientras, su marido la engaña con el travesti que lo desvirgó. De fondo, falsos mapuches pegan saltitos por monedas y marchas de antineonazis que parecen neonazis.
  5. Es un film político (no en el sentido de una molotov arrojada cobardemente a la Moneda, sino como un padre desesperado prendiéndose fuego al cuerpo).
  6. No es irónica ni posmoderna, carece de guiños y correspondencias referenciales; no es ondera. El pejesapo ocurre aquí y ahora, sus personajes son sus protagonistas, no hay tiempo para hacerse el cinéfilo, el intelectual. Es pesada e incómoda.
  7. Su director nació en La Granja y vive en Puente Alto.

Pese a estos “malos” augurios, El pejesapo ya se ha visto. Su paso por el FECISO (Festival de Cine Social de la Pintana), Rengo, Valdivia y SANFIC no han dejado indiferente a nadie. ¿Pero hay algo más en El pejesapo aparte de provocación, ofensa y desparpajo? ¿Estamos hablando de ‘cine’ o propaganda social? ¿”Pose” o auténtica guerrilla?

No es una idea nueva, pero Santiago tiene una fractura, un río. Fractura expuesta, purulenta, entablillada. Cuando vi El pejesapo me pareció ver la radiografía en movimiento de esta fractura. Pero no hay tiempo para metáforas; la ciudad no aparece dividida, no hay dos orillas, dos mundos, alto y bajo, rico y pobre. Lo único real es la fractura misma, el dolor. Un hombre se arroja y el río lo escupe. En las afueras, un pueblo entero de rechazados, de escupidos. Casi parece ciencia ficción. ¿O es la locura de Daniel SS? ¿Pero acaso todos tienen su misma visión?

La ciudad que nos revela entonces Daniel no está en sus “bajos fondos”, sino en la superficie. En ella -pesadilla de proyectos inmobiliarios tipo Froimovich- los personajes no se esconden en caletas o cuevas (que es lo mismo que “esconderlos”), sino que le arrancan a la superficie todas sus porosidades; se mezclan en medio de marchas, auscultan minorías, acosan a piadosos. Las familias se divierten en un circo de transformistas. Los computadores viejos son una plaga. Daniel puede rehabilitarse, pero la película se acaba. Barberella, su amado travesti, podría recuperarlo, pero duerme.

Muchas películas se hacen interesantes porque fuerzan los límites de la historia, del género, de la estructura o del “lenguaje”. Pero hay otras que violentan la capacidad del cine mismo, que rompen su principio de ahorro y operan desde el gasto y el exceso. ¿Puede ser esto cine? La respuesta llega rápidamente, la mayoría de las veces; no. No es cine la secuencia del apagón en ABC Africa (Abbas Kiarostami, 2001), cuando Kiarostami persiste en grabar, hasta que descubre la tormenta; no es cine Mi caso (Manoel de Oliveria, 1986) donde se repite la misma escena teatral de 25 minutos tres veces. En Valdivia ya lo dijeron; El pejesapo no es una película. Hay cosas que no deberían filmarse y las cosas deben filmarse de cierta manera. Flujo de caja.

Pero El pejesapo no solo es cine , es su parte maldita, su amenaza. Al menos en Chile.

 

 
Como citar:
E., J. (2007). El Pejesapo, laFuga, 5. [Fecha de consulta: 2017-10-22] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-pejesapo/311