El Pejesapo es una película que la plataforma audiovisual seguramente no incorporará en valijas diplomáticas para pasearlas por el viejo continente. Los trabajos anteriores de su director difícilmente accederán a un escaño en la “Enciclopedia del Cortometraje Chileno”, pese a sobrarles premios. Y de haber postulado al Fondo de Fomento al Audiovisual, los jurados deben sentirse aliviados por no haberle dado un peso.

Y es que para algunos, para los que se esfuerzan en Institucionalizar cierto “buen cine”, una película como El Pejesapo puede significar un escandaloso retroceso, una mordida rabiosa, una patada en el culo. Hablo de suposiciones porque ignoro si la película será exhibida.
Y ya que está de moda la catequesis crítica, veamos cuales serían los 7 pecados capitales que justificarían un eventual (esperemos que no) rechazo de El Pejesapo ;
Pese a estos “malos” augurios, El Pejesapo ya se ha visto. Su paso por el FECISO (Festival de Cine Social de la Pintana), Rengo, Valdivia y SANFIC no han dejado indiferentes a nadie. ¿Pero hay algo más en El Pejesapo aparte de provocación, ofensa y desparpajo? ¿Estamos hablando de “cine” o propaganda social? ¿“Pose” o auténtica guerrilla?
No es una idea nueva, pero Santiago tiene una fractura, un río. Fractura expuesta, purulenta, entablillada. Cuando vi El Pejesapo me pareció ver la radiografía en movimiento de esta fractura. Pero no hay tiempo para metáforas; la ciudad no aparece dividida, no hay dos orillas, dos mundos, alto y bajo, rico y pobre. Lo único real es la fractura misma, el dolor. Un hombre se arroja y el río lo escupe. En las afueras, un pueblo entero de rechazados, de escupidos. Casi parece ciencia ficción. ¿O es la locura de Daniel SS? ¿pero acaso todos tienen su misma visión?
La ciudad que nos revela entonces Daniel no está en sus “bajos fondos”, sino en la superficie. En ella, -pesadilla de proyectos inmobiliarios tipo Froimovich- los personajes no se esconden en caletas o cuevas (que es lo mismo que “esconderlos”), sino que le arrancan a la superficie todas sus porosidades; se mezclan en medio de marchas, auscultan minorías, acosan a piadosos. Las familias se divierten en un circo de Transformistas. Los computadores viejos son una plaga. Daniel puede rehabilitarse, pero la película se acaba. Barberella, su amado travesti, podría recuperarlo, pero duerme.
Muchas películas se hacen interesantes porque fuerzan los límites de la historia, del género, de la estructura o del “lenguaje”. Pero hay otras que violentan la capacidad del cine mismo, que rompen su principio de ahorro y operan desde el gasto y el exceso. ¿Puede ser esto cine? La respuesta llega rápidamente, la mayoría de las veces; no. No es cine la secuencia del apagón en ABC Africa , cuando Kiarostami persiste en grabar, hasta que descubre la tormenta; no es cine Mi Caso , donde se repite la misma escena teatral de 25 minutos tres veces. En Valdivia ya lo dijeron; El Pejesapo no es una película. Hay cosas que no deberían filmarse y las cosas deben filmarse de cierta manera. Flujo de caja.
Pero El Pejesapo no solo es cine , es su parte maldita, su amenaza. Al menos en Chile.