Los Fuertes

Cuando los amores deben zarpar

Por Tomás Basaure E.

Biografía +

Egresado de Periodismo de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Sus intereses y desarrollo profesional se relacionan con la prensa escrita y digital, en áreas como el cine, la música y el patrimonio.


Director: Omar Zúñiga Año: 2020 País: Chile

 
 

Hay algunas cosas que no se dicen, que no se enuncian y que, sin embargo, se entienden. Así funciona gran parte de la ópera prima de Omar Zúñiga, Los fuertes (2019), narrada a través de los silencios y miradas cómplices que se producen en medio de las conversaciones. Estrenada el año pasado en el Festival Internacional de Cine de Valdivia, con un breve paso por salas antes de decretarse la cuarentena y disponible en Vimeo, cuenta la historia de Lucas, un arquitecto que viaja al sur a despedirse de su hermana antes de irse a cursar un magíster en patrimonio a Canadá. En su estadía, conoce a Antonio, un contramaestre de un barco pescador.

Los fuertes se adhiere a una tradición de películas que retratan el amor entre dos hombres en medio de un lugar remoto, un poco aislado, quizás mágico: Brokeback Mountain (2005), Call Me by Your Name (2017) o God’s Own Country (2017) son algunas de ellas. En todas, el paisaje es un personaje más y la fotografía es casi un reflejo de las etapas de la relación: una pasión originada en una localidad retirada, oculta entre los cerros y campos, vivida bajo los rayos del sol o la lluvia. Sin el factor trágico de Ang Lee, más cercana a la cinta de Luca Guadagnino, y con el mismo frío brutal de Francis Lee, el filme de Omar Zúñiga comparte ese amor con fecha de caducidad. Un romance que cala profundo y termina de golpe.

Una de las secuencias iniciales anuncia las propuestas visuales que se repetirán durante 98 minutos: planos generales al mar abierto, los cerros recubiertos de árboles, los fuertes de la bahía de Corral, la lluvia. El cuidado estético está en los colores intensos que asume la localidad de Niebla y en los planos detalle, delicados, calibrados, asociados a los cuerpos y a las emociones. En esos paisajes se desarrolla la historia escrita por Zúñiga, la que ya se había asomado en su corto San Cristóbal (2015) –ganador de Teddy Award en el Festival de Cine de Berlín, en la categoría mejor cortometraje– y que también contó con la dirección de fotografía de Nicolás Ibieta.

En ambas cintas, Lucas es un santiaguino que llega a una tierra ajena. A pesar de que al principio su personalidad se reduce a una dicotomía entre la amargura y el amor, pronto se desarrolla. Su malestar se entiende a la sombra de sus padres, quienes constituyen solo un eco en su relato. Su contención emocional, producida por el mundo exterior y sus sistemas, se desarma frente a Antonio. El contramaestre de un barco pesquero le enseña su mundo: las recreaciones de batallas históricas, el mar, su camioneta, su casa, su radio a pilas en la que suena “Mío” de Paulina Rubio.

Samuel González y Antonio Altamirano desarrollan una química envolvente, cálida. Entre chalecos de lana, la leña y el humo de las chimeneas, y al ritmo del pop latinoamericano de los años 90 y 2000. Su amor se teje en sintonía con las notas de “Los Barcos” de Gepe: van, vienen, disfrutan y, en algún momento, deben partir. El tiempo es el conflicto y el eje central que genera las reflexiones, las que dan paso a algunos diálogos más memorables que otros, acerca de los lugares a los que pertenecen, los planes que tienen, la felicidad y el miedo.

Lo que sucede con los otros personajes orbita alrededor de este amor, pero su falta de seguimiento deja conflictos posibles de explorar: la relación de Catalina, la hermana de Lucas interpretada por Marcela Salinas, quien tiene mucho más que decir, pero no lo hace, o la paternidad de Roca (Nicolás Corales), pescador y antiguo amor de Antonio. Son fisuras en la trama que funcionan como contrapeso: el mundo se hunde para los demás, pero no para Antonio y Lucas, no todavía. 

Tanto en la literatura como en el cine, el sur se ha dibujado como un lugar inhóspito y, al mismo tiempo, mágico. Este sur que presenta Zúñiga no es agresivo, no demuestra una homofobia latente hacia los personajes. Tampoco es una exigencia que deba cumplir, porque el guion es claro en su enfoque. Como señala el director, se trata de un texto que da “cuenta de la aceptación de este amor hoy en Chile, que se encuentra en lugares inesperados” 1Entrevista El Desconcierto, 10 de marzo de 2020.

Sin embargo, el objetivo principal a veces se nubla, al dejar algunas escenas a medias, como a punto de decir algo, donde la información termina por obstruir el relato: un zorro animado e innecesario en medio de los fuertes o una piedra que unos hombres le lanzan a Lucas al salir de un quiosco. Esta última, una agresión que pasa desapercibida y que rompe con el mundo creado, ajena a él, pero que en el corto de 2015 se transformaba en una golpiza factible de un entorno hostil.

Probablemente, si nos olvidáramos de esa piedra, la trama podría desarrollarse sin tropiezos en un universo sin discriminación a la comunidad LGBT+. Zúñiga dirige desde una posición que indica que no les pasará nada a los personajes, alejado de los brutales ataques homofóbicos como el de Nunca vas a estar solo (Anwandter, 2016), los encuentros sexuales que terminan mal y peor como en Cola de mono (Fuguet, 2018) o las problemáticas que traen ser padre de familia como En la gama de los grises (Marcone, 2015).

Pero es el sur de Chile y a lo largo del extenso pedazo de tierra hay agresiones por amar libremente. Por lo mismo es extraña esa piedra tan nada, tan sin intención. Paradójicamente, en esos momentos, el guion rehúye los lugares comunes y avanza hacia un drama al que no acostumbra la filmografía nacional, que lo hace destacar por sus decisiones.

Los espacios del sur chileno son el refugio para un relato íntimo. Una historia de amor entre dos hombres jóvenes en un lugar lejano, pero cotidiano, donde pueden desarrollarse amores homosexuales: cuando nadie mira o cuando todos miran. Así, el guion explora el significado del amor y la pertenencia. No arremete con una potencia arrolladora, sino con una energía sutil, casi imperceptible. O, quizás, su potencia está en los detalles, en las sonrisas, en los cariños. En ese final tajante, como una incisión sin anestesia. Una herida abierta para todo espectador.

 

 
Como citar:
Basaure, T. (2020). Los Fuertes, laFuga, 24. [Fecha de consulta: 2020-09-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/los-fuertes/1003