Ojo al cine

Por Ximena Vergara

Autor: Andrés Caicedo Año: 2009 País: Colombia Editorial: Norma

 
 

Doblemente encerrado, en el cine y en «calicalabozo», no es casual que para darle nombre a su trabajo literario-cinematográfico sobre Caicedo, Fuguet hable de una celda. Precisamente menciono este libro porque fue éste el que, confabulado con la visita de Luis Ospina en el último Fidocs, dinamitaron definitivamente, la posible triplicidad del encierro: la del escritor en las fronteras de su país. (Caicedo/ Fuguet. Mi cuerpo es una celda. Chile: Norma, 2008)

¿Y qué nos trajo la confabulación? Libros, muchos libros de bolsillo, un documental en donde se rescatan fragmentos de la película donde Caicedo-director dirige a Caicedo-actor en su busterkeatiano personaje del bombero 1Luis Ospina. Andrés Caicedo: Unos pocos buenos amigos (1986). Los fragmentos pertenecen a la película de Carlos Mayolo y Andrés Caicedo Angelita y Miguel Ángel (1971), basada en un cuento de Caicedo que lleva el mismo nombre, y mitos. El mito neo-arcádico y pre-narco del Cali de los ´70 y también los componentes legendarios del mismo Caicedo: él en tanto cinéfago, guionista frustrado que desde Caliwood va a probar suerte a Hollywood, él como hermafrodita-perversillo que se droga con niños de 12, como suicida y –esto es lo que nos interesa – como crítico de cine.

En esta última figura, posiblemente se difumina la imaginería y puede intentarse, con riesgo de frustración, disociar el personaje mítico de la escritura. Esto, en base al libro Ojo al cine que recopila todas las críticas de Caicedo, y que, en su segunda edición, intercala los 21 textos misteriosamente desaparecidos en la primera edición de 1999. Lo cual, indiscutiblemente se vincula a la censura colombiana que, operante sobre ciertas películas estaría refractada críticamente en los escritos.

El libro, una suerte de historia subjetiva y fragmentaria del cine –y también una Rayuela cinematográfica que el lector lee desde el antojo–, es una recopilación desmesuradamente gruesa que adopta el nombre de lo que antes fuera la sección de un diario, luego un folleto repartido en el contexto del Cine Club de Cali y más tarde una revista especializada en cine fundada en 1974. Tres proyectos que desembocan en uno: este libro. Pero tres proyectos que, desde otro punto de vista, permiten problematizar el estatuto del espectador que se deja entrever en las reflexiones metacríticas de Caicedo.

En relación al espectador, Caicedo destaca tres tipos; primero, el espectador medio o pequeño burgués que, hipotéticamente, estaría enterado de la cartelera y juicios sobre cine a través de la sección cinematográfica de un medio masivo como es el diario; en segundo lugar, el espectador «lumpen» que, refugiado en el Cine Club, dejaría pasar las horas de trabajo y entre película y película se entretendría con los folletos que los mismos gestores del Cine Club habrían adoptado como medio estratégico de difusión; y tercero, el espectador intelectual que, interesado en el cine de autores de culto como Fellini, Buñuel, Pasolini o Bergman, aceptaría la revista especializada Ojo al cine, para ampliar su formación humanista general.

Pero, por sobre –o tal vez por debajo– de estas tipologías, estaría el «espectador cineasta». Un sujeto que, encontrando ignorancia y meros juicios de gusto en los infra-espectadores, optaría por un silencio social que, mutando primero en soledad, transmutaría luego en cinefilia. Aquí entramos en el territorio de Caicedo, en donde el silencio social –duplicado por la tartamudez, si es que puede duplicarse el silencio– se cosifica, se verbifica, se verborreifica, para convertirse en textos críticos de pretensión universalista, en tanto, a través del concepto y no del gusto, se intenta generalizar lo particular.

Un primer gesto visible de universalización se explicita en la adopción de los postulados cahieristas, lo cual se deja ver en las sentencias dicotómicas de Caicedo, ya que, o se trata de un film «de autor» o inversamente, se trata de «un esperpento». Sin embargo, cuestionar esta mirada categórica es algo apresurado, puesto que, si hay algo que define la crítica de Caicedo, es su detención en todo objeto fílmico que pase por su vista: cine clásico, B, porno, cine de autor y mucho, muchísimo cine hollywoodense.

Ahora, si bien podría argumentarse que su mirada hacia el cine de Hollywood se centraría en lo que Edgar Morin denominó como «contra corrientes» o desajustes fílmicos dentro de la lógica complaciente de la industria cultural, creo más bien, que lo que hace Caicedo es establecer diálogos entre la «contra corriente» y la «corriente media». Diálogos entre Sam Peckinpah y el western hollywoodense clásico, diálogos entre El bebé de Rosemary o Psicosis y el cine de terror. Y desde ahí, urdir una pequeña historia paradójica del cine, impresionista y universal al mismo tiempo.

Como puede esperarse, gran parte del libro se centra en las críticas que Caicedo diseminó en diarios, revistas, cartas y reportajes críticos de festivales dentro y fuera de Colombia. Sin embargo, hay algo más, un bonus –para los seguidores de su literatura– que se titula hipocondríacamente «Memoria de una cinesífilis». En esta sección, sumatoria de experimentos textuales en donde el cine funciona como matriz de creación, un cuento particular permite dejar enunciados por sí mismos dos ejes expuestos previamente: la dificultad de disociar mito y Caicedo y las jerarquías receptivas del cinematógrafo. El cuento se llama “El espectador” y su protagonista, Ricardo González, es un solitario obsesivo que va sagradamente al cine y se enfurece con el hecho de que la gente no comprenda el final de las películas que él se repite una y otra vez. Sabemos quién nos habla en este cuento, y sabemos también, desde qué lógica de expectación nos habla.

 

 
Como citar:
Vergara, X. (2010). Ojo al cine, laFuga, 11. [Fecha de consulta: 2017-08-18] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/ojo-al-cine/394