Saraband

Lo último de Bergman

Por Carolina Urrutia N.

Biografía +
Carolina Urrutia es académica e investigadora. Profesor asistente adjunto de la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Teoría e Historia del Arte y es candidata a Doctor en Filosofía con mención en Estética de la Universidad de Chile. Es directora de la revista de cine en línea laFuga.cl, autora del libro Un Cine Centrífugo: Ficciones Chilenas 2005 y 2010, y directora de la plataforma web de investigación Ficción y Política en el Cine Chileno (campocontracampo.cl). Ha sido profesora de cursos de historia y teoría del cine en la Universidad de Chile y la Universidad Adolfo Ibáñez y autora de numerosos artículos en diversos libros y revistas.
 
 

La extensa obra de Ingmar Bergman, en la que intercala trabajos de teatro, cine y televisión confunde: crea escenarios y los hace parecer sueños, crea películas y las convierte en sesiones de psicoanálisis a las que su público asiste con una mezcla de pudor y morbosidad. Bergman es un vicio; sus silencios, la austeridad de su cine, la desenvoltura de sus intérpretes, la incómoda honestidad de sus diálogos. En su libro “Imágenes”, en el que combina recuerdos de infancia y apuntes sobre la gestación y el rodaje de varias de sus películas, el director anuncia o confiesa que la creación artística en él nace del hambre; sus películas entonces, se conciben en sus tripas.

Con más de 80 años, el sueco director filma y estrena Saraband, y su protagonista Liv Ullmann informa que será su última película. Pero no es su primera última película; el año ‘83 “Fanny y Alexander” quería ser la cinta final, pero aún había hambre en el creador y siguieron apareciendo obras, que aunque pensadas como telefilmes y grabadas en formato digital, continuaron conformando el universo fílmico de Bergman. Ahora en Saraband retoma a Lohan y Marianne, los protagonistas de “Escenas de una vida conyugal” de 1973. Han pasado treinta años, no sólo para los personajes del filme, sino también para nosotros. Los actores –los mismos de entonces, Liv Ullmann y Erland Josephson- han envejecido treinta años, el paso del tiempo está grabado en sus rostros y en los cuerpos que Bergman se encarga de desnudar. Esta constancia del envejecimiento a ambos lados de la pantalla remece, la cinta propuesta como preludio vuelve a nosotros casi como recuerdos propios, las decisiones tomadas, los caminos recorridos, se instalan como nostalgia, de pronto la percepción del tiempo perdido se transforma en una angustiosa fatalidad.

Saraband –título que evoca una sonata de Bach- es completamente coherente con la estética Bergmaniana, una vez más Ullmann ocupa un primer plano, ella introduce y concluye el filme, pensado en base de diez capítulos antecedido cada uno por un título que anuncia lo que va a ocurrir. Pero a diferencia de lo que podríamos esperar: una historia sobre el reencuentro de este matrimonio tras un largo período de separación, pronto en el filme ellos dejan de ser los protagonistas y le dan el paso a la historia de Karin y Henrik, (la nieta y el hijo de Lohan), y a Anna, la madre muerta de Karin que aparece reiteradas veces en una fotografía; un fuera de campo crucial para el conflicto. Nunca en un capítulo hay más de dos personajes juntos, se van alternando en crudas discusiones muchas veces cargadas de acusaciones y odios. Aunque también a veces hay breves y extraños momentos de ternura, de perdón honesto y sin rencor. Es a través de estos diálogos como nos vamos enterando de las relaciones de estos personajes, los conflictos presentes, cómo las personalidades -sobre todo la de Lohan- se van completando, y de los acontecimientos ocurridos durante los años transcurridos entre “Escenas…” y la película actual.

Con Saraband, Bergman retoma varias de sus viejas obsesiones, el hilo que conduce este último filme es la torpe y dolorosa relación entre padres e hijos, pero también están incluidas otras temáticas que han sido una constante en su filmografía: la fragilidad del hombre y de la vida en pareja, el envejecimiento, la enfermedad, la soledad. Su cine una vez más se plantea profundamente existencialista; la vida –y por lo tanto la muerte- y el amor, son la columna que afirma toda su obra, bajo esa excusa el autor somete a sus personajes a situaciones de extrema angustia, los hace pequeños y absurdos ante este escenario demasiado grande y complejo que es la vida. Como su cine, la existencia de sus personajes es austera, el pecado es una tentación constante, Dios está demasiado ocupado para aclarar nada y la muerte amenaza con aparecer en cualquier momento.

Bergman es uno de los pocos autores que a través del cine son capaces de filmar el inconsciente del hombre; entrar con la cámara a la mente de sus personajes. Es el maestro de los primeros planos, mediante ellos es capaz de exprimir sus emociones –y así emocionar a su público-. Primeros planos muy largos, incómodos, donde el sufrimiento de algunos personajes es sin duda el sufrimiento de los intérpretes. Bergman posee a sus personajes, son las marionetas –otra de las temáticas favoritas del director- bajo los hilos invisibles del demiurgo. También es el maestro del silencio, lo utiliza como una potente banda sonora, sus silencios están cargados de significados (a diferencia, por ejemplo, de Welles, que recargaba sus cintas de información visual y sonora).

Y ahora con Saraband, Bergman supuestamente se despide, y quién mejor que Liv Ullmann para ocupar su último primer plano. Ella fue su uno de sus amores en ambos lados de la pantalla, aunque de estos temas no ahonda en ninguno de sus libros. A propósito de su última cinta Bergman habla sobre la Zarabanda, una danza española donde siempre hay dos personas que se encuentran. Y de eso trata su última sonata.

Título Original: Saraband

Director: Ingmar Bergman

País: Suecia

Año: 2003

 

 
Como citar:
Urrutia, C. (2005). Saraband, laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-08-18] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/saraband/218