The Darjeeling Limited

Cuando el paladar es más exigente

Por Natalia Cid

 
 

* El escrito fue inspirado por Manuel Yánez Murillo y su artículo ‘Diccionario andersoniano (o por qué adoramos a Wes)’ que publicó en el periódico del Festival de Gijón 45.

Hablar de Anderson puede despertar un gran interés en los fans inquietos del indie y la corriente visual del clip musical, pero nombrar a Wes Anderson, es también un nicho para detractores de la longevidad del estilo o, en otras palabras, la ‘claustrofobia del lenguaje’.

El estreno de The Darjeeling Limited viene a instalar un humilde debate sobre el uso de las herramientas y la evolución de un director que pareció haber concentrado toda su imaginería en The Life Aquatic with Steve Zissou, su anterior largometraje, pero para sumergirnos en la discusión es bueno recordar que, el nativo de Texas, llegó como una gran promesa del cine norteamericano. Un director destinado a diversificar los escenarios del cine desde su propia (hiper)realidad.

Lo que hace perfectamente identificable el cine de Wes Anderson es que es un autor con un lenguaje visual y narrativo cerrado, único. Todo sigue una lógica Andersoniana reconocible. Como un manual, va reciclando artefactos y lugares comunes que explota con un talento aprobado. Las constantes de una familia disgregada, compromisos y responsabilidades que las figuras paterna y materna no desean asumir, el excesivo detalle de los elementos en su cinematografía, la obsesión por los objetos (desde un vaso, nota y zapatos, hasta las maletas Louis Vuitton en The Darjeeling Limited ). Unido a dejavús de actores, Wes Anderson pisa terreno conocido con sus protagonistas y secundarios. Los actores son la gran familia del tejano y, sus personajes, una fauna en la que cada uno tiene un sello distintivo. No es casualidad que ‘extras’ iraníes o latinoamericanos tiendan a confundirse en un desfile de outsiders en las cinco películas de este singular director. En el mundo de Wes, todos son freaks o desadaptados o no estaríamos hablando de uno de sus trabajos.

Y es esa condición de reutilizar los recursos, sacar partido de sus freaks y de las conductas infantiles de los adultos y, asimismo, del comportamiento maduro de los niños en sus películas (dialéctica señalada por Manuel Yánez en Miradas ), que hacen de la filmografía de Anderson un reflejo personal sobre los afectos y los seres humanos, quizás el principal motor que mueve su trabajo, cuyo eje es la búsqueda infatigable. Las situaciones irrisorias y, a veces hasta ridículas, cambian en las formas, sin embargo el fondo es el mismo. Jugando con sus propias reglas, Anderson va construyendo historias y retratos de los efectos del cariño no correspondido. Todo en distintas formas, diferentes películas, familias y parejas. Su sello original se proyecta en la naturaleza de sus personajes a través de los gestos, la incomunicación y las reacciones exageradas (marca de la casa). Esta visión particular de los seres humanos se puede comprobar desde el primer largometraje, en el que se percibe la semilla de una esencia que no variará a lo largo de su filmografía. Mientras en Bottle Rocket los ladrones insisten en la persecución de robos frustrados, tratando de encontrar un sentido a sus torpes vidas; en Rushmore, Max Fischer (Jason Schwartzman), es un estudiante tirado a profesional del teatro que busca obsesivamente refugio en una profesora que no lo podrá ver con otros ojos. Lo mismo ocurre con Bill Murray, quien interpreta a un padre de familia que no se identifica con sus hijos y también desea con desesperación a la mujer de Fischer. Ambos competirán en una lucha infantil por el corazón de la docente.

Esas conductas absurdas para conseguir el amor de la profesora, las seguiremos viendo en The Royal Tenenbaums con el padre que anhela volver a su esposa y recuperar el tiempo perdido con sus hijos. En The Life Aquatic with Steve Zissou, con Murray nuevamente de protagonista, el científico homónimo persigue a un tiburón para encontrar lo que perdió de un mordisco: su vida, su profesión, socio, esposa e hijo incluido. La historia se repite en The Darjeeling Limited con los tres hermanos queriendo reestablecer sus lazos familiares perdidos a través de un viaje espiritual hilarante. Si existe un concepto en común que los trabajos de Anderson poseen, éste sería ‘la búsqueda del afecto y el amor’.

Con un cortometraje como prólogo, también una constante en los créditos de sus filmes anteriores (sobre todo en Rushmore y The Royal Tenenbaums), The Darjeeling Limited se para ante casi 15 minutos previos que relatan la presentación de uno de los tres hermanos (Jason Schwartzman). Una vez más, somos testigos de los aspectos formales de Anderson. En Hotel Chevalier (nombre del corto), los encuadres y tomas de primeros planos de los objetos son esenciales. Travellings cortos y precisos, para nada mareantes y esa forma de mover la cámara, ya delatan un talento sincronizado. La música desde los artefactos como el i-pod y los colores explotados en una tendencia pop (obra de Robert D Yeoman, el director de fotografía que lo acompaña desde Bottle Rocket) nos avisan que sigue en plena forma y que es fiel a su manera de contarnos lo que está por venir. ¿Estamos ante una perfección del estilo o es la comodidad de un autor que no se agota?. Es la duda inevitable ante los directores que crean un mundo propio (Tim Burton) y que generan fidelidad a toda prueba o reticencias suspicaces por la continuación de sus manías y obsesiones. Hotel Chevalier es una declaración de estilo. No. Hotel Chevalier es una declaración de principios que continuarán más tarde en la película.

Por lo escrito anteriormente, ¿qué podemos esperar de esta nueva fuga del autor de Rushmore?. Nada más que humor y nostalgia ‘a la Andersoniana’. La plena seguridad de encontrarnos, otra vez, con Max Fischer, Richie Tenenbaum y Anjelica Huston en cualquier rol de matriarca que cumple a las mil maravillas. Ser testigos de las situaciones extrañas y acompañar a los perdedores cándidos que viajan en un tren por la India. Tal vez nada nuevo bajo el sol, pero decir eso sobre The Darjeeling Limited sería demasiado mezquino con un autor que aún puede ser interesante siendo fiel a su lenguaje.

A modo de road-movie y en el tren como dispositivo de narración, la película no pretende más que dejar lo pretencioso de ‘La vida acuática de Steve Zissou’ y rodar a pulso honesto la búsqueda infatigable de Francis, Jack y Peter; los tres hermanos de Viaje a Darjeeling. Es, quizás, en esa vuelta a la sencillez de Bottle Rocket -no así a la primera etapa de concentración de sus artefactos y estilo, pues ya está más que afinado a la fecha-, que Wes Anderson se encuentra cómodo y lo percibimos con una naturalidad y cercanía que ya se podía sentir en sus películas anteriores, sin embargo, no con la claridad de este itinerario espiritual fracasado . The Darjeeling Limited es, además de un viaje, una gran muestra de respeto por la cultura del alimento para el alma. Anderson es generoso con el Oriente y los extranjeros. La ridiculización no existe, salvo para los que creen en el manual de la sanación interna, tal cual occidente, que está íntegramente interpretado por Francis Whitman (Owen Wilson). Es en la India, como en cualquier lugar del mundo pudo ser, que los hermanos salen victoriosos en su búsqueda por estrechar la familia y Wes Anderson invicto con un largometraje, no colosal por la exposición evidente de su lenguaje, estilo y narración, sino por lo moderado de sus tics en una historia consecuente y quitada de bulla, pero rodada con amor. *

 

 
Como citar:
Cid, N. (2008). The Darjeeling Limited , laFuga, 7. [Fecha de consulta: 2017-06-26] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/the-darjeeling-limited/109