The Osterman Weekend

El Caos Omega

Por Juan E. Murillo

Director: Sam Peckinpah Año: 1983 País: Estados Unidos

 
 

Debo confesar que rebobiné 3 veces los primeros 10 minutos de esta película para asegurarme que no confundía víctimas con victimarios, nombres con apodos, violaciones con asesinatos. Y, lo que es peor, cine con televisión.

Ahora bien, esto último se debió en gran parte a la copia que pude conseguir para escribir esta reseña; un traspaso de VHS a DVD con notables secuencias de autotracking y la gama cromática de un piano.

Afortunadamente, lo televisivo termina siendo mucho más que una muletilla estilística, como veremos más adelante.

Dirigida por Sam Peckinpah tras cinco años de inactividad cinematográfica, y estrenada un año antes de su muerte, The Osterman Weekend (Omega; Encuentro Final, 1983) es una película rarísima. Parece fallida, pero su vigencia es asombrosa. La trama no se entiende pero poco importa. Se ven los micrófonos, el bigote de Craig T. Nelson es ridículo, la música frívola de Lalo Shifrin (Misión Imposible) podría animar un bingo a bordo de un crucero, y nadie parece estar dispuesto a perder su respectivo peinado ochentero. Sin embargo, la película esconde sus naipes, y estos, más que sumar, cortan.

Adaptada de una novela de Robert Ludlum (mismo autor de la saga Bourne), The Osterman Weekend comienza como un complejo –pero convencional- thriller de conspiración política durante la guerra fría. Sutilezas más, sutilezas menos, lo que nos plantea es lo siguiente; Lawrence Fasset (John Hurt) es un agente de la CIA, cuya hermosa esposa europea es asesinada sádicamente mientras él toma una ducha. El crimen 1Supuestamente, en el primer corte de la película que hizo Peckinpah, la mujer es violada, escena que fue mutilada por los productores Peter S. Davis y William N. Panzer. Tras un desastroso control de audiencia, Peckinpah fue finalmente despedido de la sala de montaje. La versión original del director puede verse en una edición especial que editó Anchor Bay queda registrado como una snuff movie por las cámaras de la CIA, tras las cuales se esconde el poderoso general Maxwell Danforth (Burt Lancaster). Un año después (seguimos en los primeros 3 minutos de película), o algo así, las cosas han cambiado. Al interior de la Agencia nadie recuerda muy bien porque mandaron a matar a la mujer de Fasset. Probablemente espionaje. Este último se ha recuperado de su pérdida, e incluso se presenta voluntariamente ante Danforth para sumarse a un operativo que busca desbaratar una críptica iniciativa rusa, Omega, que ha reclutado varios colaboradores americanos. Entre ellos, el médico Richard Tremayne (Dennis Hopper), el empresario Joseph Cardone (Chris Sarandon) y el escritor de programas televisivos Bernard Osterman (Craig T. Nelson). De ahí en más empiezan a salir nombres como Mikhalovich, Petrov, números de cuentas suizas, conversaciones intervenidas, y claro, en ese momento todos los datos son importantes y tratamos de memorizarlos y seguirles la pista diligentemente.

La gracia es que los tres espías americanos son amigos desde la Universidad. Un cuarto miembro del grupo de amigos permanece fuera de la conspiración (está “limpio”), y es la apuesta de Fasset para el éxito de la operación: John Tanner (Rutger Hauer), polémico entrevistador en un programa televisivo “cara a cara”, de marcada tendencia denunciante y pacifista. La idea de Fasset es simple (se supone); reclutar a Tanner y aprovechar la reunión de los cuatro amigos que tendrá lugar en un par de semanas (la llamada Osterman Weekend, en honor a su creador, Bernard), para quebrar las lealtades de los sospechosos, forzando a que al menos uno de ellos se “de vuelta la chaqueta”. Pero claro, basta mirar la cara de John Hurt para entender que tiene otros planes para ese cándido fin de semana. Así terminan los primeros 10 minutos.

Lo que viene a continuación puede resumirse como la lucha de Peckinpah por imponer un subtexto en el que creía por sobre una trama ante la cual evidentemente no tenía mucho interés. En efecto, Peckinpah siempre manifestó que odiaba la novela de Ludlum, y que tampoco le gustaba el guión de Alan Sharp. Según el documental Alpha to Omega, Peckinpah quiso reescribir el guión, pero tras las primeras correcciones los productores le negaron esta prerrogativa 2Hay que recordar además que, desde la película Convoy (1978), Peckinpah estaba prácticamente vetado de los grandes estudios por su agresivo comportamiento con productores, su problema con las drogas y el alcohol. Su último trabajo había sido la dirección de segunda unidad en el film de Don Siegel Jinxed! (1981), por lo que, pese a todos sus reparos con el guión, The Osterman Weekend se le ofrecía como la oportunidad para recuperar el respeto del medio fílmico

Esa necesidad de contar otra cosa de lo que está contando es, al mismo tiempo, lo mejor y peor de la película. Por un lado, tratándose de un thriller, hay una negligente organización de los hechos, la información básica nunca termina de entregarse y los puntos de vista son tan diversos que restan suspenso y atmósfera. A Peckinpah, claramente, nunca le interesó que su película fuera La Supremacía de Bourne, pero tampoco pareció molestarse por que la “trama” se entendiera.

Por el contrario, y a su favor, podemos aventurar que la verdadera motivación de Peckinpah era filmar una historia donde cada toma viniera de una cámara escondida. La intervención de Fasset en la vida de los amigos de Tanner no se limita a llenar de cámaras ocultas la casa del periodista, sino también a controlar el televisor, -que emitirá falsos anzuelos para desenmascarar a los indecisos- y la propia percepción del espectador: mientras que Tanner puede controlar desde un “switch” todos los movimientos de sus amigos, y dado que Fasset monitorea a su vez lo que Tanner vigila, es imposible saber “quien” observa “qué”. Esta imposibilidad de discernir la enunciación de la mirada (quien mira que) afecta directamente el enunciado (lo que aparece en la pantalla), pues no da lo mismo que las escenas de alcoba del matrimonio Cardone o Tremayne las esté mirando Fasset o Tanner. Uno sabe más que el otro. En última instancia, uno está esperando que el otro se de cuenta de algo.

Por otro lado, los amigos de Tanner, cada vez más inquietos y seguros de que su amigo sospecha de algo (¡aunque no sabemos qué!), intentan poner a prueba su ignorancia, si bien los despistados resultan ser ellos, engañados por la ridícula imitación que Fasset hace de un meteorólogo en la escena de la cocina, cuando al agente lo traiciona la tecnología y se expone en un televisor mientras los tres amigos acorralan a Tanner. Este tipo de elementos paródicos, casi cómicos, se repiten después, como cuando el hijo de Tanner descubre una noche, para su horror, que la cabeza del perro familiar lo mira desde el refrigerador. Es un momento de máxima tensión, todos los amigos están ahí, y nadie parece estar dispuesto a adjudicarse el crimen. La referencia a Perros de Paja es casi literal. Y cuando la situación parece insostenible, alguien se da cuenta que se trata de una burda imitación de utilería.

De todas formas, creo que el gran logro de esta película fue llevar al límite la violencia de la mirada, no como voyerismo (que en último caso es positivo, porque es un deseo) sino que, tal como lo resume John Tanner al final de la cinta, apelando frontalmente a su teleaudiencia, en la incapacidad de dejar de mirar, de monitorear, de hacer una grabación “a imagen y semejanza” del mundo, registros de vigilancia que cubren todo el día, celulares que permiten “mirar” la casa (¿qué horribles e indeseables cosas podemos descubrir en esta auto-traición de nuestra intimidad?), programas de televisión que replican la casa-estudio de Fasset, pero con disímiles consecuencias; mientras ambas buscan la explosión del conflicto, Peckinpah es honesto al sugerir que además deberían explotar todos, o casi todos sus habitantes.

 

 
Como citar:
E., J. (2009). The Osterman Weekend, laFuga, 9. [Fecha de consulta: 2017-06-29] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/the-osterman-weekend/350