Cuando María Yaksic me invitó a presentar este libro, acepté irreflexivamente. En primer lugar, porque las películas de Albertina Carri son parte fundamental del cine contemporáneo de este lado del mundo. Las revisamos y analizamos recurrentemente en clases y he admirado y admiro la capacidad que tiene su cine de inventarse sobre si mismo, constituyendo a estas alturas, una tradición.
En segundo lugar, por supuesto que me comía la curiosidad de tener estas páginas entre mis dedos, para descubrir qué había más allá de las imágenes que nos ha dejado su cine. Lo que no imaginé, cuando acepté apresuradamente esta invitación, fue el viaje profundo y personal que este libro ha significado. Esto último -y es importante reconocerlo- es algo que la gran mayoría de nosotres buscamos al comprometernos con la lectura de un libro. Independientemente de su género. Así, como sucede en el pacto de entrega entre director/a y espectador/a en la sala de cine; se repite en los libros la dialéctica de autora/espectadora/lectora y el intercambio viaja de ida y vuelta, a la velocidad de la luz y el sonido, hasta que incorporamos ese lenguaje, esas imágenes y esas vivencias como propias. Ese es el viaje que propone Cine Vivo, al que intentaré referirme más o menos orgánicamente, aunque su carácter heterogéneo y heterobiográfico (lo único hetero que nos interesa por ahora)-, tienda más al caos que al ordenamiento aristotélico. Como es la vida misma finalmente.
La introducción parte explicando el nombre del libro. Avanzando en esta declaración de principios, podría pensarse que este libro también pudo llamarse “Cine Impuro”, título provocador, carácter que como sabemos Albertina Carri posee por naturaleza. Pero la autora se decide por el adjetivo “Vivo”, porque esa es su -y también nuestra- porfía: seguir insistiendo, poner el cuerpo, a pesar de tanto horror, tanta muerte, tanto vinagre en nuestros archivos pudriéndolo todo; o transformándolo todo, que no es lo mismo, pero es igual. Carri utiliza la metáfora de la propagación de hongos en un archivo cinematográfico, su avinagramiento y transformación, para describir su compromiso con un cine libre, portador de un mensaje resistente al capitalismo salvaje en el que vivimos, reconociendo a su vez el carácter anfibio de este arte, símbolo de la modernidad mutante y con límites que también han ido mutando con las épocas, los formatos y los deseos de los/las cineastas.
Luego de la introducción, formalmente hablando, el libro está dividido en cuatro partes. En primer lugar, aparece la clasificación “Biográfico/heterobiográfico”, este último concepto tomado del filósofo argentino Carlos Correas- que se refiere a la construcción literaria para hacer la propia vida un evento narrable-, luego una segunda parte titulada “Archivo y memoria”, en tercer lugar “Zonas de contagio” y por último “Porno y política”. En cada una de estas partes se agrupan textos de diverso origen, fecha y circunstancia. Lo que predomina como criterio para la definición de estas cuatro partes deja tal vez de ser tan importante como en otros libros, puesto que no hay una cronología o hechos marcados que los definan, sino un tejido, un micelio que relaciona los unos con los otros, alimentándose mutuamente.
No es la intención de esta presentación resumir los capítulos del libro editado por Banda Propia, pero si tuviera que rescatar artículos de cada una de sus partes, el texto biográfico que relata su vínculo con Alcira Argumedo, su madre putativa y la mujer que “le salvó la vida” y que además le sugirió estudiar cine para “escribir en otro formato” en la primera parte, es un texto corto, pero lleno de emoción y que permite comprender muy bien una parte fundamental de la biografía de la cineasta. Asimismo, resultan conmovedoras las cartas que Ana María, la madre de Albertina escribió para ella y sus hermanas mientras estuvo presa, y que la cineasta rescató para una videoinstalación en el Parque Museo de la Memoria de Buenos Aires. Por su parte, textos como el “Manifiesto de cine ladilla” o “¡En Finlandia Albertina, en Finlandia!” ambas en la tercera parte de esta edición, nos hace alcanzar algunos aspectos importantes sobre el pensamiento y la producción cinematográfica de Carri, cómo se relaciona con su equipo y cuales son las expectativas que pretende con la realización de algunas de sus obras.
En la cuarta parte, el texto “Sobre cómo me hice pornógrafa” indaga muy bien las últimas películas y artefactos de Carri, y nos hace comprender -por ejemplo- por qué en sus últimas películas ya no hay hombres y por qué toda esta serie de decisiones que toma junto al grupo con el que filma, es una bandera militante que es también su manera de hacer cine y una forma de vivir su vida.
En las páginas de este libro se entremezcla el capital cultural que Carri posee, producto de su formación, pero sobre todo de una curiosidad incesante. Se cuelan en sus letras enseñanzas y palabras Pasolinianas, de Godard, Varda, Alice Guy, David Cronenberg -a quien confiesa tener en un altarcito pagano en su casa-, Roberto Bolaño entre otres muchos imprescindibles de la cultura general contemporánea, quienes han acompañado su manera de empuñar la cámara para disparar como una máquina de no-muerte; una máquina de vida que perdura para recordar que somos organismos vivos, que el cine es una materia viviente y que merece la pena vivirla. Aunque solo sea por el destello que deja una imagen, un sonido; o la sensación placentera de una secuencia evocadora.
Para quienes nos dedicamos al archivo, a la investigación y a la docencia del audiovisual, este libro es un yacimiento de minerales preciosos entre los cuales indagar, sumergirse y picotear. Descubrir, por ejemplo, el esqueleto y los guiones de algunas de sus obras, el relato en primera persona de qué estaba pensando, leyendo, sintiendo cuando hizo tal o cual película, son algunas de las vetas que los textos de Cine vivo nos invita a explorar.
Quisiera detenerme especialmente en el mundo del archivo, algo que, como historiadora y archivera audiovisual, me ocupa, me habita y -quienes me conocen lo sabrán-, también me obsesiona. Albertina nos hace creer en un primer momento, que es una visitante extraña en el mundo de los archivos. Que desconoce cuáles son las lógicas y el ordenamiento que estos tienen, y que sus funcionarios habitan un lugar que ella desconoce por completo. Un lugar -por cierto- adscrito al ordenamiento político-económico y hegemónico imperante.
Pero que no le importen estos ordenamientos del poder, no quiere decir que no los conozca. Más bien todo lo contrario: los conoce tan bien, que los subvierte: convierte una antigua publicidad o una cinta institucional en - a decir de Marc Ferro- una contracara de la historia. Haciendo que su relato sea aún más vívido, más lógico, más hipnótico en las películas que los utiliza, tal como sucedió en el caso de la multiplicación de pantallas archivísticas de Cuatreros (2016), donde su voz en off iba relatando la contracara revolucionaria de un gobierno dictatorial, demasiado compuesto para ser verdad.
Carri domina los dialectos del archivismo: habla de los descartes, del síndrome de vinagre, sabe de la degradación del fílmico en manos de la humedad y los hongos; es más: le pidió al Museo del Cine una cámara de 1912 para hacer los títulos de un cortometraje realizado con found footage, a propósito de esas raíces que había soltado en los archivos fílmicos, generando la odisea de filmar y revelar y aprender del milagro mecánico del invento del siglo (pág 133). Finalmente, la cineasta termina asumiendo lo visible: el archivismo también la contagió a ella, porque es fácil para las almas curiosas y preguntonas, sucumbir a esos espacios llenos de saberes acumulados, de secretos sin rescatar, de la humanidad del mundo análogo-mecánico, de silencios y pausas, en medio de una cotidianidad tan estridente y recargada, como hecha para enceguecernos de tanto brillo y scrolling incesante.
Como si esto fuera poco, eso no es todo en este libro. En medio de los párrafos de pensamientos y reflexiones cinematográficas, se infiltran versos cargados de pasión, los que conforman la sangre y las venas de este libro haciéndolo palpitar, porque para hacer cine, sí, se necesita dominio de la técnica, de obsesionarse -tal como lo relata su autora- hasta soñar con la imposibilidad de enroscar el cabezal de la cámara al trípode. Sueño obsesivo en medio de la tensión y las ansiedades propias de un rodaje. Pero el alma y la síntesis que solo la poesía puede dar, -según afirma la misma Carri- es vital para la existencia. En el cine, en el arte y en la vida. Por eso los versos que se mezclan con los párrafos, son los compañeros ideales parar comprender la emoción-razón necesaria para llevar a cabo cualquier proyecto artístico. Con toda la serie de matices y escala de grises que esta conocida dialéctica implica.
Para cerrar, quisiera agradecer a Banda Propia por publicar estos textos remasterizados de Albertina Carri. No tengo dudas que son y serán de gran inspiración para cineastas, artistas y estudiosos/as del arte cinematográfico, porque nos abren una entrada a su archivo personal, haciéndonos reflexionar sobre la importancia de este conocimiento expandido que es personal y político.
Quisiera agradecer también a Albertina por compartir sus textos y por todos estos años de cine porfiado y poco convencional, que nos ha animado a no bajar los brazos en nombre de la convicción, la experimentación, la reflexión, y la memoria. Todas características principales y necesarias para sentirnos humanos vivos, en medio de tanta violencia y barbarie que intenta dominarnos cada día.
Silva Cruzatt, J. (2026). Cine Vivo, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/cine-vivo/1264