Isla Negra

El fin de una trilogía maldita

Por Juan Bautista Tagle

 
 

Isla Negra (2025) es la última entrega de Jorge Riquelme Serrano, la pieza final de su trilogía precedida por Camaleón (2016) y Algunas bestias (2019). La saga explora una serie de conflictos que atraviesan a la sociedad chilena: el clasismo, la desigualdad, la violencia de género y la usurpación de tierras. A la vez, recorre grietas perversas de la humanidad, construyendo personajes moralmente ambiguos y repulsivos que desafían al espectador. La obra sitúa a la actuación como su principal herramienta expresiva y da cuenta de un delicado manejo de la tensión. Hay una fuerte impronta dramática y una línea invisible marcada por el rencor y lo obsceno.

En contraste con las películas anteriores, Isla Negra encarna una consigna política más explícita. La primera escena lo deja claro: Jacob (Gastón Salgado), pescador artesanal que ha sido expulsado de su hogar por culpa de un proyecto inmobiliario, atraviesa un roquerío portando una bandera Mapuche y se instala a vivir en la playa junto a su familia. Frente a ellos se encuentra la casa de Guillermo (Alfredo Castro), un hombre adinerado que pasa el fin de semana junto a su pareja Carmen (Paulina Urrutia). Este encuentro suscita una tensión inmediata, puesto que Guillermo es un hombre clasista y desconfiado, y la familia desplazada comienza poco a poco a invadir su propiedad. 

La película opera en diferentes niveles. Por un lado, está el motivo del invasor: esa figura desconocida que surge como amenaza es algo que ya habíamos visto en Camaleón (2016) y que tiene una amplia tradición tanto en literatura como en cine. Obras como Casa tomada (1946), de Julio Cortázar, y Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini, trabajan sobre esta idea, entregándole a la otredad una forma más bien espectral, o divina. En el caso de este drama, el invasor se encuentra dentro del mundo terrenal y es utilizado para enfatizar la lucha de clases. Ese contraste entre dos mundos, entre el pobre y el rico, es un vehículo que el director utiliza constantemente para construir tensión. El conflicto funciona como una alegoría política que nos habla de dos segmentos de la sociedad separados por un abismo y difícilmente reconciliables.

La premisa me parece interesante, pero pienso que hay una exaltación de los arquetipos de clase que raya en lo caricaturesco y que entrega pocas luces sobre la complejidad del conflicto. No hay un esfuerzo real por entender la motivación de los personajes. Son retratados como seres primitivos, empujados por el resentimiento. El personaje de Guillermo es un narcisista violento con pulsiones sexuales extrañas y un marcado desprecio hacia las clases más bajas. Por otro lado, la caracterización de Jacob, de su esposa Marcela y su padre Miguel cae en lo miserable y denota en ellos una profunda desconexión con la realidad. Este tipo de retratos generan más resquemor que otra cosa. Banalizan la problemática real que se pretende denunciar.

La obra de Riquelme Serrano se caracteriza por trabajar una atmósfera turbia e inquietante. Incluso en los momentos de calma, uno puede sentir que hay una energía oscura latiendo en alguna dimensión indescifrable. Hay algo de pesimismo en todo esto, una suerte de desprecio por los impulsos humanos. Algunas bestias (2019) es la más compleja en este sentido. Todas las relaciones que vemos están a punto de derrumbarse y nos hacen sospechar que algo repudiable está por ocurrir. Esa tensión se termina de desbordar por completo en la escena en que Antonio abusa sexualmente de su nieta. Dentro de toda la trilogía, ese es el momento más crudo y brutal de todos. En Isla Negra no alcanzamos ese límite, pero sí vemos un mecanismo similar en la relación de Guillermo con Carmen. Hay una violencia entre ellos que poco a poco va tomando forma, que se cocina a fuego lento.

El sonido refuerza esta idea. Cada paso que damos hacia la catarsis de violencia final está acompañado de una construcción sonora que remarca la incertidumbre. El uso de drones y registros bajos elevan la tensión y enrarecen el ambiente. La banda sonora cumple un rol similar, marcando un ritmo asfixiante y apareciendo cada vez que la disputa escala. En gran medida, es el sonido el que logra que Isla Negra transmita una energía oscura. La fotografía, por su parte, contribuye a marcar una distancia física entre los personajes en conflicto. Se sugiere una posición asimétrica, una mirada distante que enfatiza los extremos. En ese sentido, hay un motivo visual y simbólico que cumple un rol fundamental: la ventana. Este elemento marca una barrera física entre los dos sujetos y también refuerza la idea del prejuicio. Es una metáfora de la desigualdad y de la división.

Todos estos recursos me parecen acertados, pero creo que lo más interesante de Isla Negra y de la trilogía es el juego de provocación hacia el espectador. Se trabaja la incomodidad, el morbo y la violencia explícita. Se habitan espacios desagradables, rincones oscuros del ser humano. Por momentos se siente un poco melodramática, pero valoro el descaro. Si una película deja a todos contentos, es porque algo está haciendo mal. Este no es el caso.

 

 
Como citar:
Tagle, J. (2026). Isla Negra, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/isla-negra/1281