Sabemos que hay libros de entrevistas que funcionan solo como archivo: Corpus de declaraciones, fechas y anécdotas que orbitan una obra sin alterar verdaderamente la experiencia de pensarla. Sin embargo,Pasolini según Pasolini, pertenece a esta categoría mucho más infrecuente de textos, donde la conversación misma se constituye una especie de laboratorio crítico; lo que Jon Halliday logra en este extenso diálogo no es simplemente extraer información sobre películas o filias ideológicas, sino producir el espacio exacto donde una conciencia entra en fricción consigo misma. Leer hoy este texto implica asistir al vertiginoso espectáculo de una inteligencia que no cesa de desmontar sus propias certezas mientras las enuncia, como si aquel momento que existe entre el pensamiento y la palabra existiese sólo para instalar una duda. Quizás ahí resida su mayor singularidad: no en la revelación de una “verdad” última, sino en la exposición del movimiento contradictorio y por qué no decirlo, a ratos feroz, de un pensamiento que se niega a estabilizarse.
La entrevista posee una cierta performance combativa, a ratos, profundamente desigual. Halliday intenta, en sucesivos momentos, fijar a Pasolini dentro de categorías legibles: el marxista, el católico, el poeta civil o el cineasta político. Sin embargo, cada vez que la conversación parece aproximarse a una definición cerrada, Pasolini la desplaza, no para cultivar una ambigüedad elegante, enigmática, sino porque para él la contradicción constituye un método de conocimiento.
Tal vez, por lo mismo, este libro permite desentrañar algo medular de su cinematografía: la imposibilidad de dividir como materiales distintos, la ética, la estética y la experiencia histórica. En Pasolini nunca hay “temas aislados”, sino fuerzas en conflicto. El sub-proletariado romano, la sacralidad, el consumo o el cuerpo, todo aparece atravesado por su percepción trágica de la modernidad.
Probablemente lo que más descoloque de esta percepción, es que aparece despojada de andamiaje teórico. A diferencia de gran parte de la intelectualidad europea de posguerra, Pasolini no habla desde la seguridad conceptual del estructuralismo ni desde la abstracción e intelección universitaria. Habla desde la herida. Y esa herida, aunque ni él mismo lo atisbe, es histórica antes que individual. Cuando describe la transformación antropológica producida por el neo-capitalismo, la homologación cultural y la desaparición de los dialectos, no lo hace como un analista distante, sino como quien experimenta físicamente la pérdida de un mundo. Hay en estas páginas una tonalidad elegíaca que anuncia la convicción de que el capitalismo no solo destruye economías, sino formas sensibles de existencia.
Y es que este punto resulta iluminador para revisar su praxis cinematográfica; ante las preguntas de Halliday sobre el método formal o el uso de actores no profesionales, Pasolini desplaza siempre la discusión hacia la dimensión antropológica. Lo que le interesa no es representar “la realidad”, sino registrar cuerpos antes de que su singularidad se extinga, como quien trata desesperadamente de capturar una espontaneidad que será pronto consciente de su caducidad. Rostros donde sobreviva un remanente arcaico, pre-burgués, todavía no colonizado por la cultura del consumo.
Tal vez por esto la cámara pasoliniana nunca fue realista en un sentido estricto, sino que profundamente arqueológica, dedicándose a filmar los últimos residuos de lo sagrado en lo humano.
¿Será por ello, acaso, que el libro conserva hoy una intensidad tan incómoda? Muchas de sus intuiciones, leídas durante años como exageraciones apocalípticas, casi conspiranoicas, aparecen hoy investidas de una lucidez perturbadora. Su diagnóstico sobre la sociedad de masas no sólo se limita a denunciar una lógica económica, sino que identifica una mutación del deseo. El nuevo fascismo, advierte, ya no requiere de violencia explícita, si no que opera mediante el consenso, el placer y la integración masiva, la banalización de la lógica del antisistema. Leído desde el presente, resulta difícil no percibir hasta qué punto Pasolini estaba pensando en algo que desbordaba completamente las fronteras de la Italia de los años setenta, para enunciar un fenómeno global, por el cual transitaba ya el mundo entero.
Ahora bien, reducir este diálogo a un conjunto de profecías sociológicas sería empobrecerlo injustamente. Lo más fascinante aquí, es el modo en que queda expuesta una subjetividad permanentemente fisurada, que duda de sí misma: Pasolini reivindica el marxismo, mientras desconfía de la izquierda institucional; habla del pueblo y sospecha de cualquier idealización populista; crítica el desarrollo, pero rechaza la nostalgia reaccionaria. Incluso su relación con la sexualidad, aparece marcada por una tensión irremediable entre el deseo y la marginalidad. Pasolini según Pasolini es, sobre todo, el registro del agotamiento de un intelectual incapaz de hallar un lugar estable en el mundo moderno, y es precisamente esa imposibilidad la que sostiene su potencia crítica.
A lo largo del libro, encontraremos varios pasajes donde emerge también una cuestión decisiva: su vínculo con lo sagrado. No se trata de religiosidad convencional y doctrinal, ya que él mismo se declara no creyente, sino de una búsqueda de sacralidad “material”. El rostro, el paisaje periférico, el hambre, todo adquiere una dimensión sagrada porque resiste, aunque sea momentáneamente, la lógica degradante de la mercancía. Es la victoria de lo real, por sobre el capitalismo.
Formalmente, el libro deja que el pensamiento conserve (e incluso amplíe) sus zonas de vacilación, como quien permite espacios donde el diálogo tenga la capacidad de tensionarse. Tal vez, la mayor virtud de Halliday sea que no organiza el discurso para volverlo coherente, si no que permite que afloren los cambios de tono e incluso ciertas arbitrariedades, dándole al relato una “textura” oral fundamental. Hay, en estas páginas, una suerte de respiración que sin duda se perdería en un ensayo convencional. La perceptible velocidad mental de Pasolini, su necesidad compulsiva de matizar y desviarse, hacen que el libro adquiera una dimensión casi cinematográfica: no documenta ideas, documenta los ritmos de una forma de pensar.
Y es que es posible que el núcleo de esta obra resida en su rechazo a la clausura; en atreverse a presentar un texto sin pretensión de cierre, en el que nada termina de resolverse. En donde se nos demuestra que el cine es, simultáneamente, instrumento político y refugio lírico; la modernidad, emancipación y catástrofe. Pero lejos de ser una debilidad, pareciera que esa inestabilidad define su honestidad radical. En una época donde el discurso cultural tiende a simplificar posiciones y convertir la reflexión en opinión de consumo masivo, este libro recuerda que pensar de verdad implica aceptar la contradicción como la única forma de riesgo legítima.
Charpentier, L. (2026). Pasolini según Pasolini, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/pasolini-segun-pasolini/1265