Desde la prehistoria, el fuego deleitó a los humanos con las primeras imágenes en movimiento, ejemplos como la cueva de Chauvet lo demuestran, una cueva donde algunos datan el comienzo del arte de las imágenes móviles y que funcionaba gracias a la iluminación del fuego. Este antecesor del cine, luz y movimiento, cautiva y a la vez, destruye. Pirópolis (2024) de Nicolás Molina, explora esa dualidad inseparable del fuego. El documental nos sitúa en la 5ta compañía de bomberos, llamada “Pompe France”, en Valparaíso, región histórica de incendios y desastres, que previo a la conquista, se le conocía como “Alimapu”, que en mapudungún significa “tierra quemada”.

El cuarto largometraje de Nicolás Molina, producido por Joséphine Schroeder y Francisca Barraza, realizado a lo largo de nueve años, nos sumerge en la compañía Pompe France –fundada hace más de 150 años–, sus integrantes y su cotidianidad dentro de una de las regiones con más incendios de Chile. Baptista, un bombero francés, es recibido por el capitán de la Compañía para capacitar a los bomberos sobre los incendios de monocultivos de eucaliptus que amenazan constantemente a la región y su gente. Con un registro observacional y naturalista, la película nos adentra en las dinámicas de la compañía y en la complejidad de un trabajo como el de apagar incendios, que en Chile es un trabajo voluntario, abriendo el debate sobre la precariedad de esta labor en un país donde los incendios suceden con una frecuencia desconcertante y reflexionando en torno a lo que sucede cuando el desastre no es la excepción sino la constante.
El capitán, Héctor Casacuberta, un hombre carismático que trabaja incansablemente por brindar el mejor de los servicios desde su compañía, capacita a futuros bomberos y se adapta a cambios como el ingreso de mujeres a la Compañía, entre muchas otras cosas. A través de diferentes fragmentos de la vida diaria presenciamos las situaciones que enfrentan quienes habitan el espacio, algunos con presencias más sutiles como el mencionado ingreso de las mujeres. Con un humor característico chileno, escenas en las que una mujer canta Édith Piaf frente al francés o que piden “el beso, el beso, el beso” con aplausos y gritos entre el capitán y el extranjero, muestran el contraste hilarante con el país fundador de la compañía.
Entre combates de incendios, entrenamientos a nuevos integrantes y eventos de la compañía, sucede el estallido social, que aparece para traer otra mirada a la relación con el fuego. El estallido social del año 2019 tuvo una presencia importante de llamas, “que arda todo”, decían las pancartas. Barricadas, bombas lacrimógenas, metros y vehículos quemados eran parte de las protestas y los cuerpos de bomberos estuvieron fuertemente presentes a la hora de combatir los incendios. Sin tomar nunca protagonismo innecesario, el estallido se vela en el fondo, para mostrar otra cara de la labor y dar cuenta de la mirada política de los bomberos.
El documental nos invita a mirar las complejidades del fuego, más allá de la espectacularización del mismo, mostrándonos incluso sutilmente la relación compleja que pueden tener los bomberos con aquel elemento. En una escena, Baptista celebra la llegada de un incendio como si se tratara de un gol de su equipo de fútbol más querido. Molina aborda la situación sin hacer un juicio moral, pero deja ahí el fragmento para la reflexión compleja que es la relación entre el cuerpo de bomberos y la piromanía.
La fotografía de la película, también a cargo del director, nos desconcierta, hipnotiza y afecta. A través de impecables planos generales fijos, los incendios aparecen como imágenes cautivadoras, exponiendo la dualidad del fuego, su belleza y su potencia de daño. Las imágenes que se entretejen entre y con la historia de la compañía de bomberos, se sirven de ese esplendor como herramienta que remueve justamente porque “hay terror en la belleza pues su perfección nos detiene o más bien nos suspende, vertiginosamente, fuera de toda contingencia material” (Dufourmantelle, 2024, p. 171). Esa prolijidad, simetría, color, composición de las imágenes capturadas, más asociables a un cuadro impresionista que a un desastre natural, es lo que Dufourmantelle llama “correr el riesgo de la belleza”, lo que “nos obliga a tomar en cuenta lo negativo, lo imperfecto, lo que hace tropezar una línea y la deshace, sin buscar sublimar nada; ni estetismos ni ornamentos. Su movimiento, al igual que el estado de gracia, es inacabado” (Dufourmantelle, 2024, p. 174). De pronto un plano de un árbol gigante quemándose, le sigue un plano detalle de las brasas, planos y sonidos hipnóticos, que casi nos hacen olvidar el daño, nos suspenden en la fuerza de la imagen. La apuesta por urdir la belleza y la crudeza sobre un tema tan complejo, si bien no es nueva, en esta propuesta funciona precisamente por su potencial de parálisis, elevándonos y trastornándonos (Dufourmantelle, 2024).
A esta belleza se le suma la presencia de lo cotidiano, las conversaciones, las noches, los eventos, el hogar propio, los cigarros del final del día, que personalizan el relato, poniéndole un rostro y una emoción a la compañía. Como bien menciona Molina en diferentes entrevistas, a los personajes los elige por su relación con la cámara, donde rápidamente se olvidaban de él, de su “existencia”, lo cual aporta una naturalidad notoria, dando incluso la sensación de que algunas escenas parecieran ser actuadas. Estas emociones tienen múltiples aristas, el perro de la compañía, Copón, representa una de ellas, la ternura en la catástrofe afirma el director en una entrevista. Su presencia sensibiliza y acerca al espectador a lo afectivo, brindando así “una fragilidad que nada tiene que ver con la debilidad sino con una potencia que hace de la fractura un lugar por donde escaparnos de nosotros mismo para poder tocar y ser tocados” (López, 2025, p.65). Por otra parte, emociones como estas, alivianan la intensa experiencia al espectador, que vive la intensa violencia de los incendios desde cerca. De esta manera, nos acerca a quienes conviven con la amenaza del fuego constantemente desde lo emocional.
Pirópolis es un filme que aborda muchas aristas y temas contingentes, los incendios forestales por monocultivos, el estallido social, los cambios sociales, los choques culturales, la precarización laboral, el riesgo, permitiendo habitar por 73 minutos el fragmento de una vida como bombero en la compañía Pompe France. Este se convierte en un documental sobre la catástrofe y la ternura, la política y lo íntimo, alejándose de la espectacularidad del suceso y aportando a la reflexión social del desastre.
Bibliografía:
Dufourmantelle, A. (2024). Elogio del riesgo. Nocturna Editora.
López, P. (2025). Pánico y ternura. Lumen.
Navarrete, A. (2026). Pirópolis, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/piropolis/1275