El Mocito

Amargas verdades

Por José Parra Z.

Director: Marcela Said Año: 2010 País: Chile

 
 

La “verdad” es un concepto problemático para el cine. Asumirla como tal puede ser riesgoso y el artificio propio del aparato cinematográfico hace lejano su alcance. Hace ya algún tiempo que el lenguaje documental tomó este conflicto como potencia creativa, conciente de que la realidad sobre la que se aboca es sólo un fragmento y que los márgenes del encuadre connotan su subjetiva construcción. Esta posibilidad puede trabajarse con aún más fuerza si es que aquella realidad tiene lugar en un contexto de suyo obtuso y no resuelto. Cuando la memoria social de un pueblo se sostiene sobre frágiles fundamentos, el menor roce hace que se irrite la delicada piel de una sociedad que está lejos de ponerse de acuerdo sobre quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios, cuando se recuerda el episodio más oscuro del pasado reciente en Chile. El Mocito, documental dirigido por Marcela Said y Jean de Certeau, profundiza en estos conceptos, hundiéndose en las ambiguas verdades que tejen la cruenta historia de la dictadura militar.

La película cuenta la particular historia de Jorgelino Vergara, quien en su juventud sirvió de mozo en cuarteles de detención de la DINA y la CNI. Venido a Santiago en la adolescencia, Jorgelino llegó casi por casualidad a trabajar en la casa de Manuel Contreras, quien hoy cumple presidio perpetuo por sus crímenes, y desde donde fue remitido al tristemente célebre cuartel Simón Bolívar, del que no salieron prisioneros con vida. Ahí, servía el café a los agentes, bañaba y daba de comer a los detenidos y asistía en lo que sus superiores le solicitasen. Hoy, solitario y miserable, Jorgelino colabora con la justicia, aportando datos sobre los asesinados e identificando a los culpables. El relato avanza entre el terrible recuerdo del protagonista, quien reconstruye en el mismo lugar de los hechos las condiciones de prisión y tortura, y su ascética forma de vida en las lejanías rurales, donde se alimenta de lo que caza y a duras penas tiene para subsistir.

El Mocito se levanta desde un doble juego de verdades. Por un lado, está la verdad de los hechos, aquella que reclaman los familiares, la que suele maquillarse para no importunar a uno que otro. Ésta, incómoda verdad, se presenta mediante el crudo testimonio de Jorgelino, cuando narra con detalle los procedimientos de tortura que presenció. Aquí la realidad nos golpea de frente, revelándonos eso que de algún modo sabíamos pero preferíamos no atender. Reconocemos nombres –el abogado de Derechos Humanos Nelson Caucoto interroga a Jorgelino por casos específicos- que hasta ahora representan figuras del exterminio político, como Víctor Díaz o Fernando Ortiz, pero que luego de enumerados los horrendos pormenores de sus asesinatos, dichos nombres vuelven a ser cuerpos y en cuyos rastros, muchos de ellos perdidos en el océano, queda brutalmente reflejado el accionar del terrorismo de Estado.

Por otra parte, el documental también trabaja sobre la verdad de Jorgelino, su propia historia. Si bien su relato resulta verosímil y la severidad de sus palabras le dan sustento, es igual de fácil creerle como no hacerlo. Así como parece colaborar con la justicia, lo vemos en su vida cotidiana con una boina negra y manejando con habilidad el linchaco, ambos signos que nos remiten obligadamente a grupos paramilitares. Del mismo modo, es posible cuestionarnos su papel en los hechos que cuenta: ¿tiene responsabilidad Jorgelino en los crímenes de los que fue testigo? Las primeras secuencias de la película aclaran la posición desde la que protagonista entiende su propia condición. Primero afirma que es inocente, a pesar de todo lo que vio e hizo, él nunca torturó, nunca asesinó. Segundo, que en su condición de actor involuntario, es merecedor de compensación por parte del Estado. Este punto de partida puede generar un rechazo inmediato por parte del espectador hacia Jorgelino, cuando este declara haberse sentido un preso más. Sin embargo, conforme progresa la historia, matices van surgiendo y si al principio el personaje puede parecer un sujeto despreciable, su testimonio va marcando con más nitidez su personalidad. La desconfianza que produce en sus vecinos y la vergüenza que causa en sus familiares, todo esto bajo el prisma del alcoholismo, terminan por delinear una imagen lastimera de un sujeto también preso de algún modo, no en una sala de tortura, pero sí de un régimen que poco pensó en las consecuencias cuando el exterminio de su oponente era su principal objetivo.

“Pues amarga la verdad quiero echarla de la boca;”, dice Quevedo. “Y si alma su hiel toca esconderla es necedad” continúa. Es este el propósito elemental de El Mocito: a partir del relato de Jorgelino, los autores abren nuevas brechas para la revisión histórica de la dictadura militar en Chile, donde por un lado se hace necesario vérselas cara a cara con las atrocidades de nuestro pasado, a la vez que se hace preciso preguntarse por la situación de aquellos que ya no pertenecen a ningún bando, que han quedado en medio de una sociedad todavía sangrante y sin conciliación aparente. En el entrecruce de estas amargas verdades, la película de Marcela Said y Jean de Certeau parece ser una de las herramientas más aptas para dejar de esconder la historia tras los pliegues del tiempo.

 

 
Como citar:
Parra, J. (2012). El Mocito, laFuga, 13. [Fecha de consulta: 2017-12-14] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/el-mocito/492