Regresar a La Habana con Guillén Landrián

Entrevista a Gretel Alfonso

Por Julio Ramos

Observaciones +

Ir a Filmar con Guillén Landrián. Entrevista con Livio Delgado. Ir a Cine, archivo y poder. Entrevista con Manuel Zayas. Estas tres entrevistas fueron hechas para La Fuga como una subsección del Dossier sobre Guillén Landrián.
 
 

En esta entrevista, Gretel Alfonso, viuda de Guillén Landrián, relata el exilio y la itinerancia de la vida de la pareja en Miami entre 1989 y 2003 (año de la muerte del cineasta). Gretel Alfonso comenta en detalle sobre la vida de Guillén Landrián en Cuba durante los años posteriores a su expulsión del ICAIC y sobre la importancia de la pintura y la poesía cuando no pudo hacer más documentales. La entrevista, hecha el 14 de abril de 2012 en La Habana, fue la primera de una serie de entrevistas que encaminaron al documental Retornar a La Habana con Guillén Landrián (2013) realizado por Raydel Araoz y Julio Ramos.

Julio Ramos: No es común regresar del exilio en los Estados Unidos a vivir en Cuba. ¿Cómo llegaste a esa decisión?

Gretel Alfonso: Primero te contaré que en los finales de la vida de Nicolás lo planificamos juntos. Me preguntó qué iba hacer cuando él no estuviera y sugirió esa vieja idea intuida desde antes de la salida ‘definitiva’ en el ‘89. Una nostalgia precoz que siempre tuve, incluso antes de salir de Cuba, porque jamás quise emigrar para parte alguna. Quería permanecer en La Habana siempre, me gustaba estar en Cuba… tenía nostalgia de una Cuba ideal para mí, aunque quizás anhelaba un desplazamiento vertical hacia el Cosmos o a Madagascar, pero nunca salir para ningún lugar definido por la política.

Cuando Guillén le dio sustancia, cuerpo, a esta idea de retornar a La Habana pensé, para mis adentros, llevármelo conmigo, a Nicolás, cuando muriera, no dejarlo en tierra extraña. Nicolás fallece en julio 20 del 2003, a las 9 y 20 de la noche, y me hice cargo de los asuntos pertinentes…

J.R.: ¿Planearon enterrarlo acá en La Habana?

G.A.: A Nicolás no le interesaba para nada un cuerpo muerto, o sea, esa petición nunca la hubiese hecho. Ocurrió que si yo venía a vivir a Cuba tenía que venir con sus restos. De pronto me dio grima traer sólo sus cenizas, y quise hacer lo que sabía era más difícil, traer su cuerpo para enterrarlo aquí.

J.R.: ¿Ya habías decidido volver para quedarte en La Habana?

G.A.: Mira, lo que nunca me planteé fue regresar sin Nicolás vivo o muerto. Yo subiéndome al avión de La Habana a Miami en el 89 tuve la intuición devastadora de que iba a retornar y así se lo dije a mami, así, de esas cosas que no se sabe ni cómo, ni cuándo, pero yo retorno…Y también cuando me subí al avión supe que Nicolás no iba a regresar vivo, pero que iba a regresar, iba a regresar. Esas intuiciones femeninas.

Inside Downtown fue codirigido por Jorge Egusquiza Zorrilla, quien luego dirigió El fin pero no es el fin sobre la vida de Guillén Landrián.

J.R.: ¿Hubo problemas con el gobierno cubano para enterrarlo en Cuba tras las circunstancias del exilio político en el ‘88?

G.A.: Exceptuando lo caro que es el trámite y que el hermano de Nicolás me sugirió sepultarlo en Miami, no hubo objeciones a esta decisión personal, y el 15 de agosto del 2003 volamos a Cuba.

JR: ¿Sentías que Nicolás era considerado como un disidente por su familia acá en Cuba? ¿Él se consideraba un disidente?

G.A.: Yo sabía que Nicolás no era considerado un disidente por su familia. Primero, él decía que su forma de pensar no se correspondía esencialmente con lo que se entiende por ‘disidente’ en Miami o en Cuba. Nicolás era un revolucionario en todo sentido creador de la palabra, incluso participó en la lucha clandestina contra Batista, y fue un escolar sencillo como diría Martí; y no me parecía razonable que tuviera esa denominación para nadie. Los familiares conocían en lo esencial su trayectoria.

J.R.: Pero ustedes se habían ido a los Estados Unidos en el ‘89 con asilo político. ¿Tú también te habías sentido expulsada?

G.A.: Ambos fuimos desterrados de Cuba. Para él, que fue expulsado, no hubo alternativa, y yo quise acompañarlo. Digamos que él fue conminado a salir. No se puede expulsar a un nacional así como así, pero lo puedes forzar, presionar y exprimir, y además facilitarle todas las cosas, incluyendo los contactos con la Embajada, con la Oficina de Intereses, para que se vaya; hasta el pasaporte que costaba 50 pesos a nosotros nos lo dieron gratis… Un funcionario de la Oficina de Intereses, Jerry Scott…, una persona que se mesaba la barba rala, pelirrojo él, que decía bromeando “yo soy amigo de Fidelito”, le tramitó los papeles sumariamente. Una vez vino a vernos. Teníamos en casa una amiga de Adelina, la madre de Nicolás, que dormía en la sala cuando venía de Camagüey. Y llegó Scott y dijo “en mi país es al revés: los negros duermen en el piso”. La opción que Nicolás quería realmente, que era irse para Londres, se desvaneció en un día…

Para mí realmente en ese momento de la decisión no había alternativa tampoco de irme de la vida de Nicolás. Y Nicolás necesitaba en el sentido ese, en el que los griegos hablan de una ‘diosa necesidad’, de la compañía de una esposa. Su madre Adelina Landrián, muy anciana ya había guerreado en la medida de lo posible contra los perseguidores de Nicolás. Hubo por parte de ella largos, penosos y difíciles viajes al Hospital Psiquiátrico de Mazorra, a las cárceles del Príncipe, El Morro, La Cabaña, Isla de Pinos y el Combinado del Este donde estuvo preso.

J.R.: ¿Por qué había estado preso?

G.A.: Hubo múltiples internamientos y encarcelamientos, hasta un último, que fue estando conmigo. Los años 80 fueron una década particularmente miserable. Ya Nicolás sabía que no había retorno al cine, sino una lucha por la sobrevivencia y una persecución constante. Así fueron los ‘80, poco alimento, acusaciones vagas de ‘peligrosidad’, visitas policíacas constantes… y en los intervalos un retorno intenso a la pintura.

J.R.: ¿Se conocieron en esos mismos años 80?

G.A.: Yo conocí a Guillén en el ‘87 en La Habana, en Miramar, donde me lo presentan formalmente. Porque antes ya había visto y admirado a Guillén cuando era una niña, entre los 7 y los 9 años en lo que se llamó el Consejo Nacional de Cultura, visitando con mi madre que tenía que ver con la institución; estaba en la recepción de ese lugar que ahora es el Ministerio de Cultura, cuando vi irrumpir en el espacio, esa figura de seis pies, gigantesca, con unas sandalias franciscanas; y observé aquellos pies desnudos, siempre tuvo algo resplandeciente, ‘una gran querube armado’, y lo amé instantáneamente.

Nos casamos años después en el 88, cuando yo tenía 28 años. Pero antes ni siquiera de establecer una relación personal con él, en un entretiempo, entre una prisión y otra de Nicolás, me encontraba fortuitamente con él. Una vez estaba en una parada de bus, iba de lo más embellecida con un peinado para una foto de carné de la universidad, fue por allá por el ‘80, y apareció Nicolás en Miramar, porque su hijo vivía allí, por mi misma zona y me dijo ¿Usted es modelo?, y yo me dije, mira quién está aquí!, tenía un aire insólito y me asusté de aquel aire enrarecido.

J.R.: ¿En aquellos años estabas terminando tu educación universitaria?

G.A.: No, la empezaba en el Curso para Trabajadores. Mira yo fui una niña emocionalmente muy sensible, tuve una juventud muy depresiva, francamente de pensamientos extraños a los demás, y eso resultó en muchos intentos fallidos de estudiar con pulcritud. Yo entré por oposición a la universidad, en un curso para trabajadores, oposición en el sentido que hicieron un examen para entrar, y aprobé ese examen. Pero me era muy difícil concentrarme en los estudios, y en las bibliotecas los silencios también me desconcentraban. De tal manera que solo aprobaba con los máximos, por intuición, por nerviosismo, sudaba muchísimo, temblaba enormemente en los exámenes y antes de los exámenes, o sea tenía una vida universitaria muy sobresaltada.

J.R.: ¿Habías visto algo del cine de Guillén Landrián cuando lo conociste personalmente?

G.A.: Lo vi, pero fíjate, yo entré a ver una película de ficción y en los preámbulos de la película había un noticiero y un documental, y recuerdo que pusieron este documental y que excepcionalmente el público que iba a ver solo una película comercial aplaudió. Era un documental de Guillén Landrián, lo pusieron en el cine Yara. Esa fue una visión experimental. El cine de Guillén Landrián aún hoy no se ve en Cuba.

J.R.: ¿Cuál te parece que es su película más importante?

G.A.: Bueno, mira, El morro (1963), Congos reales (1962), Rita (1965) y El son (1972) continúan perdidos, no aparecen, de modo que no podemos decir nada de ellos. Cada uno de los documentales que he estudiado tiene su propia importancia antropológica, sociológica, estética; su belleza inmanente y la memoria de Nicolás volcada en el tema. Desde la banda sonora hasta la edición, Desde La Habana, 1969 (1971), Recordar me parece una síntesis de su tiempo y simultáneamente un pronóstico profundamente autobiográfico. En un barrio viejo (1963) me parece un infinito de belleza inmaculada. Nosotros en el Cuyaguateje (1962), un misterio. La trilogía del Toa: Ociel del Toa (1965), Retornar a Baracoa (1966) y Plenaria campesina con Los del baile (1965) un destape de la idiosincrasia profunda de esos lares, dan cuenta de lo sufrido. La edición de Coffea Arabiga (1968) el ritmo de un pensamiento inequívoco e inapresable.

J.R.: ¿Y su última película en Miami. ¿Cómo la hicieron?

G.A.: Inside Downtown o Downtown adentro (2001) es un documental muy personal: la única institución que respaldó esta realización fue la monumental, incesante coherencia iniciática y masiva de Guillén Landrián y la ayuda de sus amigos Jorge Egusquiza Zorrilla, Álvaro Rangel, José Laera y también Gustavo Godoy hijo. Todos jóvenes amigos. La coordinación para hacer este, que resultara su último documental, fue hecha por Nicolás Guillén Jrístova, hijo. Este último documental fue premiado en el Festival de Cine del Uruguay con una Mención de Honor, una especie de justicia poética.

El Nuevo Heraldo de Miami (1989). Reportaje sobre la llegada de la pareja a Miami.

J.R.: ¿Cómo fue la vida en Miami? ¿Qué es lo que más recuerdas el viaje de La Habana a Miami?

G.A.: Ese fue un día inolvidable, porque en La Habana, en los preámbulos del vuelo de las 10 de la noche cayó la lluvia sin ciclón más grande que he visto, el agua me llegaba a los tobillos en la acera, donde nos recogió Alberto Pujol, padre, (una coordinación que hizo Félix de la Uz) y se apareció puntual bajo aquella lluvia y entonces nos dirigimos al aeropuerto, pero el vuelo se retrasó un poco. No nos dejaron pasar al interior del aeropuerto. Afuera estábamos cuando ocurrió lo impensable: Livio Delgado, su fotógrafo de varios documentales, apareció, abrazó a Nicolás, lloraba. Así lo mejor del mundo intelectual de Cuba tuvo su representación en esta despedida singular.

No se dilató más la espera, nos fuimos a la cafetería. Me acuerdo que intenté merendar en la cafetería algo que tenía un sabor inmundo y que en una mesa contigua estaba sentado el poeta Pablo Armando Fernández, que iba en el mismo vuelo. Recuerdo que dejé los papeles en el mostrador, los papeles de todo el viaje. Subió más tarde al avión un joven que me entregó los papeles, y me dijo “sin estos papeles los regresan a La Habana”. Me acuerdo de los formularios que llené a nombre de los dos para la entrada en los Estados Unidos. Me acuerdo de la brevedad del vuelo, de mi ahogo en el descenso.

J.R.: ¿Cómo fue la llegada a Miami?

G.A.: La primera impresión caminando fuera del avión sin tocar suelo fue de asfixia, un aire diferente y me pregunté ¿qué hacemos aquí?

Nos recibió un ministro de la Iglesia Evangélica que tramitaba préstamos para el pasaje de los refugiados y que nos dijo que no habláramos con la prensa. Cuando salimos había muchas cámaras y periodistas confundiendo a Pablo Armando con Guillén Landrián.

Guillén Landrián pintando en un motel de Miami. Foto tomada por Gretel Alfonso.

J.R.: ¿Estaban muy afectados por el viaje?

G.A.: Él ya había llorado, desde que supo que el viaje era inminente. Hasta había roto el examen médico que manda hacer la Oficina de Intereses, que hubo que volver hacer. Le partieron una pierna por esos días, estuvo meses con el yeso puesto. Fue a parar al Hospital Fructuoso Rodríguez, donde le atendió el Doctor Ignacio Frade, el cual nos conocía y nos permitió que Nicolás pasara a un régimen de internamiento de siquiatría más leve y benigno con el Dr. Anibal Frade, su hermano, que trabajaba en la sala de psiquiatría del Calixto García.

J.R.: ¿Cuántas veces lo habían internado?

G.A.: Un número de veces indeterminado por mí. Parece que cuando yo era una niña de diez años ya Nicolás había sido internado unas cuantas veces. Para narrar esa historia, habría que hacer una investigación a fondo. Retomando la historia conocida por mí, hubo un momento en que el Capitán Bernabé Ordaz, director en funciones de Mazorra, llamó a la madre de Nicolás y frente a él, que estaba internado allí, les propuso lo siguiente: “Nicolás se queda a vivir aquí, pinta para nosotros y le damos 10 pesos cubanos al mes”, Adelina protestó “Pero usted está loco, por qué me ha hecho venir hasta aquí para eso”.

J.R.: ¿Tuviste acceso a su expediente médico?

G.A.: Antes de salir de Cuba, no sin obstáculos me dieron acceso a las generales de este expediente que se exigía como parte de los trámites en la Oficina de Intereses. Me costó varias idas y vueltas para que me dieran los datos en los archivos del hospital Siquiátrico de La Habana. Hay un dato interesante: el expediente empezaba a los 35 años de edad.

J.R.: ¿Qué diagnóstico le habían hecho?

G.A.: Esquizofrenia paranoide.

J.R.: ¿Y él qué decía sobre este diagnóstico?

G.A.: Que lo esquizofrenizaron en la prisión de Isla de Pinos en el 1965 ó 66.

J.R.: ¿Y el expediente penal?

G.A.: Tú puedes creer que no aparecía una causa que constituyese delito, ni común ni político. Yo fui con Nicolás a buscar ese expediente que en definitiva estaba abierto por peligrosidad, sin mencionar delito específico alguno. Cuando vinimos a ver no existían antecedentes penales. Una vez lo acusaron de algo gravísimo como eran los planes de atentado contra el comandante en jefe, pero por falta de pruebas, todo terminó ante el tribunal como una acusación de diversionismo ideológico. Por aquello fue sancionado con dos años de privación de libertad.

J.R.: ¿En qué año fue la acusación del plan de atentado?

G.A.: Es muy difícil de situar. Nicolás tenía una memoria para todo, pero una de las cosas es que su narración no incluía a veces fechas exactas. Cuando tú le preguntabas ¿En qué año? él se quedaba recordando y decía “por ahí por el ‘76, ‘77”… y abanicaba los dedos.

J.R.: Cuando Guillén Landrián sale de Isla de Pinos en el ‘66, el ICAIC vuelve a contratarlo. ¿Cómo se explica?

G.A.: Gracias a Theodore Kristensen… que había sido junto a Joris Ivens uno de sus decisivos maestros en la realización de documentales, ambos documentalistas de guerra, fueron los que aceptaron la entrada de Nicolás al estudio y a la realización de cine documental. Una vez le pregunté a él ¿No te interesaba hacer cine de ficción? Respondió que no era lo suyo… le gustaba más lo otro, el documental. Mientras tanto, Nicolás era ayudante de producción, o sea trabajaba rodando carretillas de utilería hasta el ICAIC o cualquier cosa que necesitara una producción, o recortando información de la prensa escrita.

J.R.: ¿Cómo había llegado al ICAIC?

G.A.: Cuando Nicolás fue expulsado del ICAP y de la Escuela para Diplomáticos en 1960, se quedó sin empleo y buscaba qué hacer. Su primera esposa Cristina Dalma Lagorio, actriz de la Comedia Nacional del Uruguay, trabajadora internacionalista en Cuba, donde se conocieron, le sugirió que probara suerte con la convocatoria abierta por el ICAIC.

J.R.: Hay muchos mitos alrededor de la figura de Guillén Landrián… sobre su marginalidad y vida en la calle, su conflictividad…

G.A.: Puntos de vista de algo que la gente oyó y narra con su conocimiento mínimo y pueden darle interpretaciones equívocas. Pero Guillén era resplandeciente, y se veía en él esa mezcla de luz enigmática y al mismo tiempo tierna, que enloquece a los sencillos y a los otros arranca mucha envidia. Él era así, desde la voz, hasta la mirada, y la prestancia corporal: desprendía un halo de ensimismamiento, serenidad y mansedumbre.

Creo que Guillén tuvo desde niño las probabilidades matemáticas para haber tenido una vida difícil en Cuba. Bueno, su privilegio fue nacer en ese entorno familiar donde sabían qué hacer con los niños, cómo encauzar a un niño como él.

J.R.: ¿Qué te contaba de su familia de origen?

G.A.: Era excepcional ese privilegio que tuvo de nacimiento. El padre de Guillén, Francisco Esteban Guillén Batista, abogado de profesión, estuvo noviando con su madre Fidelina Landrián Montejo (Adelina) por 14 años hasta que instalaron entre ambos el bufete privado y ella, diseñadora de interiores, mandó hacer los muebles, y se casaron. Ella fue instruida por monjas católicas y era muy buena diseñadora de interiores. Era una mujer hermosa, con una personalidad inteligente y fuerte: en Camagüey le decían la Venus de Ébano. Y era amiga de Fidelio Ponce, de Miguelito Valdés, de Wilfredo Lam.

J.R.: ¿Era una familia de mucha educación literaria y participación política?

G.A.: Sí. El abuelo, Nicolás Guillén Urra, orfebre, había sido alférez en el hospital de sangre mambí que comandaba Rosa la Bayamesa durante la Guerra de Independencia del ‘95. Al principio de la República fundó un periódico Las Dos Repúblicas en el que escribía los editoriales y fue elegido senador por el Partido Liberal en Camagüey. Fue asesinado en la Guerra de 1912. El padre y el tío de Nicolás muy jóvenes se ganaron la vida como tipógrafos en la imprenta de este periódico que después de fallecido Guillén Urra la familia había perdido. Por tanto en Camagüey esta familia tenía tradición; ya de niño el futuro documentalista participaba, escuchaba las tertulias y reuniones de sus padres con personalidades de la cultura política y de las artes. Su padre, el abogado Francisco Guillén, fue quien primero se afilió al Partido Socialista Popular y con ello decidió hacerse “abogado del pueblo de Camagüey”. Recién salidos los versos del tío, el padre los leía para él. Y Adelina había sido fundadora de la primera Federación de Mujeres de Cuba, allá por el gobierno de Grau San Martín. Ambos fundaron las primeras sociedades negras llamada Antonio Maceo. Recibían a muchos intelectuales, había mucho intercambio.

J.R.: ¿Cómo sería su relación con el tío y su poesía durante los años de su formación?

G.A.: Tengo la convicción de que Nicolás Guillén Batista, su persona y su poesía indisolublemente unidas, prepararon el camino para Nicolás Guillén Landrián. Ma gusta imaginar cómo el niño Nicolás Marcial fue el primer niño en el mundo que escuchó esos versos y los entendió, y se enamoró con ellos de la vida cuando era “apenas una brizna de sueño y llanto”. Llevaba los versos del tío en su vida cotidiana. Poseía el significado más alto de estas poesías. Y utilizaba estos versos como temas libres. Algunos dan título a series de su pintura: “que aplauda y grite la flor”, “cuando céfiro en las frondas afinaba su violín”… hay en esta fusión enaltecida un amor incondicional y entusiasta.

J.R.: Coffea Arábiga y Desde La Habana incluyen lecturas de poemas en la voz en off del poeta. ¿Es cierto que quiso hacer un documental sobre el tío?

G.A.: El conocimiento y el amor que Guillén Landrián tuvo del poeta nacional Nicolás Guillén Batista hacen que me aflija la pérdida de la realización documental de esa vida, como quería el sobrino, pero que el ICAIC le negó a última hora.

J.R.: Entiendo que Guillén Landrián fue fundador de uno de los primeros Cine Club de Camagüey. ¿Traía formación cinéfila de Camagúey?

G.A.: A los 13 años en las Escuelas Pías de Camagüey, por iniciativa de Nicolás Ríos y con la anuencia de los padres escolapios vieron el cine de Serguei Eisenstein, Buñuel y otros…

J.R.: La figura de Nicolás Ríos nos lleva de vuelta a Miami, donde el amigo camagüeyano de la infancia de Landrián parece haber sido un contacto importante para ustedes…

G.A.: Sí, Nicolás Ríos fue nuestro patrocinador ante el estado norteamericano en los trámites de llegada.

J.R.: ¿Dónde vivieron cuando llegaron a Miami?

G.A.: Vivimos en Coral Gables, en los bordes, cerca del restaurante Versalles y la Calle 8, en Oviedo 38, más o menos un año y pico hasta que nos echaron.

J.R.: ¿Se hacía difícil pagarlo?

G.A.: No estaba tan caro, pero se nos hizo difícil mantener el estudio en este lugar demasiado expuesto a los curiosos y simulados entre ellos enemigos insospechados. De pronto nos quedamos sin dinero.

J.R.: ¿Guillén Landrián salía mucho a caminar solo por la ciudad de Miami?

G.A.: Sí, necesitaba eso, se iba caminando hasta la oficina de Ramón Cernuda, uno de los directores del museo que le organizo la primera exposición. Siempre caminó mucho y se movía rapidísimo, pero rapidísimo. Cercano al don de la ubicuidad. A veces salía a comprar cigarros, a traer desayuno. Guillén era muy preocupado, siempre fue una persona a cargo, en todos los sentidos. Yo tenía obligación de cuidarlo en correspondencia. Nicolás era una persona que de pronto decía “hazme un gris paloma Gretel, apúrate”. Decía “ahora qué vas hacer de almuerzo”. No le gustaban las novedades en cuanto a la comida. Café, mucho café y comidas que ya conociera, particularmente las de su infancia.

J.R.: Y la cuestión racial en Miami, ¿cómo la vivieron?

G.A.: Eso le preguntó Agustín Tamargo en Radio Mambí… A lo que Guillén respondió: yo soy rubio y de ojos azules…

J.R.: ¿Cómo recuerdas la relación de ustedes con las comunidades del exilio en Miami durante aquellos años?

G.A.: Chico debo decirte que no hubo más relaciones porque Nicolás muy de su casa, no aceptaba seducciones. Sí hubo exquisitos consumidores de arte emocionados ante el vínculo de la obra de arte con la Patria, personas educadas y sinceras que se relacionaron con Nicolás, se hicieron sus coleccionistas y siguieron atentamente su pintura con asiduidad.

Guillén Landrián junto a una de sus pinturas en hospedaje. Foto tomada por Gretel Alfonso.

J.R.: ¿Ambos estaban pintando?

G.A.: Sí, ambos pintábamos, aunque si Guillén pintó 5.000 cuadros entre dibujos y pinturas, yo hice 100 en el mismo tiempo.

J.R.: ¿Vivían de la pintura?

G.A.: Él no hizo otra cosa en los Estados Unidos, Guillén jamás trabajó en los Estados Unidos como no fuera en su arte, y era deseable que así fuera.

J.R.: ¿Por qué te parece deseable que se dedicara todo el tiempo a pintar?

G.A.: Porque tenía un cuerpo de obra que realizar en las artes plásticas, una salud quebrantada por las torturas y las múltiples reclusiones y electrochoques y era comprensible que quisiéramos mantenernos en un ambiente de armonía, contentamiento, inspiración y fortaleza que genera saber que estás haciendo lo que el momento requiere: la creación artística. Haz bien y no mires a quién.

Por mucho tiempo nosotros estuvimos de motel en motel. Nicolás se levantaba muy temprano a dibujar y pintar. Era de una creatividad en constante movimiento. Fue una vida dura, que él hizo muy llevadera con su respeto, dignidad y sosiego y su contentamiento, ya que hacía el máximo de lo posible y no se dejaba de vivir y crear.

Reportaje de El Nuevo Heraldo sobre la primera exposición de NGL en Miami en 1990.

J.R.: ¿Tienes recuerdos de los vecinos en los moteles?

G.A.: Recuerdo una muchacha norteamericana, Erín, a la que retrató de memoria. Él era muy sociable y muy caballeroso, había rostros que se acercaban a él y él se acercaba a ellos. Siempre tuvo la perspectiva de un sociólogo…

Déjame decirte lo que me causaba asombro y gracia. Hubo moteles en que vivimos dos o tres meses o cuatro en la misma habitación, pero hubo moteles de donde había que salir por la mañana. De pronto me levantaba por la mañana había que salir a una hora determinada y Nicolás había vaciado toda la mochila, había lavado toda la ropa que me quitaba –a veces tenía que ponérmela húmeda– había hecho esto durante la noche mientras yo descansaba. Lo primero que hacía era empujarme a la bañera, cogía las toallas, las mojaba, me restregaba, imagino que estaba muy deprimida o muy triste. Luego me decía “acuéstate, descansa”.

Así me empapaba de esa entereza, de maneras nuevas de enfrentar los retos, los desafíos, los contratiempos. Yo no creo que haya mucha gente así, que pueda tener una vida en constante movimiento, pero al mismo tiempo de principios, austero y organizado. Yo no creo que haya mucha gente que tenga presencia de ánimo para eso, él sí.

J.R.: ¿Y qué se hicieron todos aquellos cuadros? ¿Hay posibilidad de identificar su paradero, con el fin, por ejemplo, de un catálogo para una exposición futura?

G.A.: En Cuba adquirieron cuadros Tomás Gutiérrez Alea †, Ingrid González, el gallego Posada †, Pablo Milanés, Gloria Consuegra, la Embajada Británica, el ingeniero Esquenazi Mitrani, Jerry Scott, Gabriel García Márquez, Maxine Waters entre otros. En los EE.UU., fundamentalmente en la Florida, los arquitectos Eric Maspons, y Rolando Conesa, la baronesa Blanc, el eminente doctor Federico Justiniani y su noble esposa, Daisy Morales, Carmen Echemendía, Gustavo Godoy, Plato Mavroulis, Toti Martell, Cristina Rice, y muchos más de Miami, Boca Ratón, Texas, y nuestro benefactor inolvidable de New York, el cubano Sr. Serrano. La mayoría se vendió, series completas. Es muy difícil sostener un mercado cuando tú no tienes un lugar estable donde vivir. Lo asombroso fue vender todo ese arte en los EE.UU.

J.R.: ¿Tuvo muchas exposiciones?

G.A.: Mira te voy a decir que Nicolás se entusiasmó en los inicios. Fíjate que se iba a inaugurar una exposición con una colección de cuadros que salieron de Cuba antes que nosotros, una exposición bellísima, y en dos meses se apresuró a pintar otros cuadros para completar los dos salones más pequeños del museo. Puso manos a la obra, se interesó por la pintura en spray, me acuerdo de un cuadro negro y amarillo soleado, abstracto que denominó Como un Escolar Sencillo. Me acuerdo a quién se lo vendimos y todo. Le patrocinaron $600 para que comprara los materiales que quisiera y pintó otros cuadros completos en spray, muy bellos: una impronta del gesto volcada en el plano.

J.R.: ¿En qué museo fue esta exposición?

G.A.: En el Museo de Arte Cubano de Miami, en febrero del ‘90, o sea, dos meses después del arribo. Muy concurrida con espectadores con síndrome de Stendhal y también gente asechando rabiosos por dañar a Nicolás y asombrados de que no fuera un bluff creado por la política. Su arte conmovió realmente.

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J.R.: ¿Qué piensas hacer con los materiales de Guillén Landrián que trajiste contigo a La Habana?

G.A.: Una exposición de dibujos…

J.R.: ¿Guardas otro tipo de documentos o materiales?

G.A.: Sabes, la primera exposición de Miami fue montada con poesía de Guillén Landrián. Hay un catálogo muy pequeño de esa exposición con las palabras al catálogo de Carlos Luis. Hay fotos impresas, algunos negativos y algunos textos autobiográficos, valorativos y poéticos.

J.R.: ¿Tienes planes de editar la poesía?

G.A.: Nada me gustaría más.

J.R.: ¿En qué pensabas durante el viaje de regreso?

G.A.: En volver a casa.

J.R.: ¿Y la llegada?

G.A.: Descansé, una vez que vi a mi madre y a mi hermano en el aeropuerto, llegué a casa.

 

 
Como citar:
Ramos, J. (2013). Regresar a La Habana con Guillén Landrián, laFuga, 15. [Fecha de consulta: 2017-04-28] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/regresar-a-la-habana-con-guillen-landrian/662