Un balance al cine chileno

Por Sebastíán Lelio

Observaciones +

Sebastián Lelio es egresado de la Escuela de Cine de Chile y director de La sagrada familia.
 
 

Los amigos de laFuga me piden que haga un balance del cine chileno del 2005. Supongo que para ser riguroso debería hablar de cada película, con datos específicos sobre cantidad de espectadores, copias, presupuestos, etc. Pero prefiero hablar más en general. A ratos como espectador, a ratos como director. No es tan fácil ser juez y parte. Pero nada se pierde con intentarlo.

Yo creo que el 2005 fue un año potente para el cine chileno. Hubo continuidad y desarrollo de lo que ya se venía haciendo, eso no es novedad. Pero también una nueva generación entró en el juego.

Este relevo se venía sintiendo desde la aparición de la estupenda Y las vacas vuelan (2004), con Promedio rojo (2004), con Sábado (2003), con algunos cortos de Fragmentos urbanos (2002), con Residencia (2004), etc. -No incluyo a Paraíso B (2002) ni a Mala leche (2004) pues considero que estas películas más bien ayudan a sepultar al cine “anterior”. Tampoco menciono a Los debutantes (2003), aunque creo que es esta película la que abre la posibilidad de empezar a pensar que en Chile un cine más personal, incluso más oscuro, puede funcionar bien en términos comerciales-.

No estoy diciendo que estas películas sean buenas o malas, sólo estoy constatando la aparición de una generación de recambio. Y creo que este recambio se hizo realmente visible durante el 2005. Y si hay que marcar un hito, creo que fue durante el último Festival de Cine de Valdivia. Allí se sintió por primera vez con claridad que algo estaba cambiando. Algo nuevo, algo distinto estaba pasando. No digo algo mejor ni peor, digo algo distinto.

Las películas chilenas que se estrenaron, Play, En la cama, Se arrienda y La sagrada familia eran óperas primas (o casi) y tenían una actitud diferente a la que tenía el cine que se estaba haciendo en Chile hasta entonces. Estas películas no se parecían a Caiozzi, ni a Wood, ni a Larraín. (No hay que dejar de nombrar Paréntesis que no sé por qué no estuvo en Valdivia). Esto no significa que exista un desprecio generacional contra lo que se estaba haciendo. Yo creo que esta diferencia se da naturalmente, por evolución social, por fatiga de los antiguos discursos, qué sé yo. En el blog de La sagrada familia y al calor de los hechos, hice un análisis de lo que yo creo que pasó este año en Valdivia).

Pero ¿Nació un “Nuevo cine chileno”? Todo el mundo se hacía esta pregunta. Una pregunta que es al menos un signo de vitalidad. Muchos celebraron el recambio. Otros lo negaron escépticos.

Yo creo que es demasiado pronto para saber si el “Nuevo cine chileno” es un boom o es un bluf. Por el momento prefiero pensar que es ambas cosas a la vez. Es un boom porque efectivamente las “nuevas” películas están ahí, estrenadas o por estrenarse y, a su manera, todas aportan con una energía distinta e intentan ponerse al día con el momento social e histórico que vivimos en Chile (al que también han osado llamar “El nuevo Chile”).

Es un bluf porque no tiene una unidad clara en términos estéticos, éticos o de contenidos. Es un boom porque afuera, en los festivales, se habla de que “el cine chileno es lo que viene”, se dice que “algo potente está pasando en Chile”. (Y esto conlleva el tremendo peligro de que esta generación se ponga a hacer “cine para festivales de cine”, lo que sería, creo yo, un error fatal. Y me da la impresión de que hay serias posibilidades de que esta tendencia se instale).

El “Nuevo cine chileno” es un bluf porque muy pocas de estas “nuevas” películas han logrado llevar una cantidad significativa de público a las salas, lo que es, creo yo, lo más importante de todo. Lo principal es que las películas sean vistas, que marquen a la sociedad que las genera, que la interpele, la desafíe, la “toque”.

El gran triunfo de una película es ser apasionadamente comentada en las mesas de las casas, es convertirse en un tema imposible de evadir. El horizonte al que debería aspirar toda película es a afectar a su propia cultura antes que nada. Al final del día los premios festivaleros no se comparan al gran premio de que una película chilena sea realmente significativa para este país.

Por eso yo prefiero no pensar las películas en términos de si son “buenas” o “malas”. Prefiero pensarlas en términos de potencia. Separarlas entre películas Fuertes o películas Débiles. Una película Débil es inofensiva, olvidable y “te quita vida”, la experiencia de verla no te deja nada. Es como un sueño estúpido, un sueño inútil.

Una película Fuerte llega e impacta, marca, se queda adentro, de una u otra manera se instala en el pueblo que la generó, que la hizo posible. (Ahí, para mí, radica la importancia a Machuca (2004), primera película verdaderamente personal de Andrés Wood).

Carrière dice que el cine es la suma de todos nuestros sueños y todas nuestras pesadillas. Pero hay sueños que no sirven para nada, que son sólo restos diurnos. Y aquí es donde yo tengo mis dudas con la existencia real de un “Nuevo cine chileno” o al menos de que éste tenga verdadera potencia.

Se ha dicho que yo he sido promotor de este “Nuevo cine chileno” y no considero que sea así. Siempre he dicho lo mismo: De que algo cambió, cambió. Pero no creo que aún se alcance la categoría de “Movimiento reconocible”. Aún está todo demasiado desarticulado como poder asegurarlo, demasiado en pañales. Al mismo tiempo creo que el no contar con las características que hacen de un grupo de películas un “movimiento” importa una soberana raja.

El actual cine chileno está en pañales justamente porque se siente a sí mismo como “Nuevo”, siendo que en Chile ya hubo un verdadero NUEVO CINE CHILENO, tan potente como olvidado, esperando por ser redescubierto. Latente. Tarde o temprano va a tener que pasar, si esto no ocurre significa que estamos condenados a dar palos de ciego.

Por el momento con el “Nuevo-Nuevo cine chileno” todo puede pasar. Consolidación o desvanecimiento, las dos cosas son hasta este punto totalmente posibles.

Creo que lo que trilladamente se ha llamado “Nuevo cine chileno” es más el producto inevitable del progreso, la consecuencia natural de un país que crece, que avanza. Es lo que le ocurre a un país que recuperó su democracia hace 16 años. Un país donde pareciera que naturalmente más y más gente quiere hacer cine.

Hoy todo el mundo quiere hacer una película. Y es entendible. El cine es la papa, la papa misma. Es filosofía, comercio, mensaje político, literatura y pintura, fotografía y arte contemporáneo. Todo a la vez, pero con vocación masiva. El cine es una de las soluciones más efectivas que ha encontrado la humanidad para traspasar su conocimiento. Es el arte democrático por definición. Y al mismo tiempo no es arte. Eso es lo fascinante, lo irresistible. Nadie lo dice mejor que Badiou.

¿Cómo podría haber existido alguien como el talentoso Nicolás López durante los 90s?. Habría sido imposible. Los países generan los cineastas y las películas que se merecen. Y en el momento justo en que lo merecen.

Yo pienso que el cine todavía está naciendo. Basta subir un solo nivel en la escala de observación para darse cuenta que, con suerte, está empezando recién a gatear. Falta que pase demasiada agua bajo el puente para que el cine sea un arte adulto, formado, realmente definible (Y por ende superable).

La pregunta que hace casi 50 años hizo Bazin sigue sin ser respondida: “¿Qué es el cine?”.

Todavía no entendemos el monstruo que hemos creado. Lo adoramos, lo deseamos, nos fascina. Y al mismo tiempo nos persigue como Frankenstein a su creador. (No es menor mencionar el dato de que Mary Shelley quería titular su novela El moderno prometeo. Nosotros, al igual que el Dr. Frankenstein estamos hipnotizados con la luz que hemos robado a los dioses. Luz que es al mismo tiempo sabiduría y destrucción potencial).

Yo siento que el 2005 fue el año en el que algo comenzó a cambiar en el cine chileno.

Sin un manifiesto encendido como el de los cineastas del Nuevo cine Alemán. Sin una oposición a la actitud predominante en las generaciones anteriores como el rechazo contra “un cierto cine francés” de los cineastas de la Nouvelle Vague. Sin la urgencia de “verdad” del Neorrealismo italiano. Sin nada de esto. Seamos ubicados. Pero, ¿por qué razón el cine chileno no puede ponerse a la altura de su teatro, de su música, de su poesía?

Puede que lo que esté ocurriendo implique más actitud que conciencia. Y no se si esto será virtud o defecto. No están los tiempos para manifiestos, pienso yo. Pero al mismo creo que las buenas películas son en sí mismas manifiestos. En Chile, aunque pocos lo recuerden, existió un manifiesto. El “Manifiesto de los cineastas de la unidad popular”. ¿Alguien lo sabe?

Lo que me extraña es que desde el 2005 se haya empezado a hablar de “Nuevo cine chileno”. ¿Y quién se acuerda del verdadero “Nuevo cine chileno”, el de fines de los sesentas y comienzos de los setentas? Por lo menos podríamos inventar otro nombre. Un poco de respeto, por favor.

Para mí el “Nuevo cine chileno” original es una gran inspiración y creo que es un escándalo que esté tan olvidado y menospreciado.

Ahí si surgió una generación con intenciones reconocibles. Rescato la actitud confrontacional, la urgencia, la utilización de “la realidad” como materia prima, la fuerza expresionista de sus imágenes, la rebeldía que marcó a las películas que se hicieron en este tiempo. Creo que hay mucha riqueza en esta fuente olvidada. Con estos cineastas nace verdaderamente el Cine chileno. ¿Es que nadie se ha dado cuenta? ¿Todos creen que están inventando todo desde cero? Qué patudez.

Hay un par de puntos del Manifiesto de los cineastas de la unidad popular que resuenan en mi cabeza, que me parecen misteriosamente vigentes. Obviamente, para hacerlos contingentes hay que modificar un poco el sentido con el que se aplica el término “Revolucionario” (¿Habría que reemplazarlo quizás por “Evolucionario”?):

…Que sostenemos que las formas de producción tradicional son un muro de contención para los jóvenes cineastas y en definitiva implican una dependencia cultural ya que dichas técnicas provienen de estéticas extrañas a la idiosincracia de nuestros pueblos”.

…Afirmamos que el gran crítico de un filme revolucionario es el pueblo al cual va dirigido, quien no necesita mediadores que lo defiendan o interpreten”.

Ya lo cantaban Los Prisioneros en Independencia cultural: “Jugando juegos de otros nunca vamos a campeonar”.

¿Qué juego está jugando el “Nuevo-nuevo cine Chileno”?

El que tenga la respuesta que lance la primera piedra. Y el que esté libre de culpa también.

 

 
Como citar:
Lelio, S. (2005). Un balance al cine chileno , laFuga, 1. [Fecha de consulta: 2017-09-24] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/un-balance-al-cine-chileno/58