Autorretrato de cineasta

Por Karen Glavic

Autor: Chantal Akerman Año: 2026 País: Chile Editorial: Bastante Ediciones

 
 

Sin darme cuenta, empecé por el principio, Saute ma ville.

Reconozco que esta película me obsesiona desde que comencé este monólogo. Que ahí está todo lo que aún me gustaría poder hacer. En el cine y en la vida. En la vida todavía me pasa a veces, pero por descuido.

Claro, ahora ya no es posible. Tenía 18 años. Y puse mi cuerpo en la película sin tener idea de lo que ese cuerpo iba a producir. (Akerman, 63).

Autorretrato de una cineasta se publicó el 2004, con ocasión de la retrospectiva de la obra de Chantal Akerman, presentada en el Centre Pompidou en París. Es una biografía que recorre decenas de años de vida y de cine, que son capaces de fusionarse sin mayor esfuerzo. El cine es la vida que se proyecta incluso sobre los primeros años de Akerman, los de la memoria del “deber de memoria” y de la suya propia, el de una joven judía que aprendió la historia de los campos de concentración a través de la historia de su abuela muerta, pero presente.

La retrospectiva del autorretrato no respeta las fechas. No importa si Mañana nos mudamos (2004) se filmó antes o después de Jeanne Dielman (1975), porque la autobiografía juega en el terreno de la escritura de fragmentos que se alarga o contrae dependiendo de la duración del plano. Akerman en un pasaje del libro se pregunta qué es el tiempo, anudado, precisamente, a los tiempos de proyección en el cine, después de la irrupción de lo digital, y el fin del corte y la bobina. El tiempo de  la historia de Akerman, entonces, recorre el libro a través de historias de amigos, de amantes, de guiones y de éxitos que llegaron o no lo hicieron, de chistes sobre judíos y de su propia cercanía con Dios durante muchos años. Autorretrato transcurre en Bruselas, en París y en Nueva York. También en “Oriente”, ese lugar que quedó por filmar y que la autora conoció a través de Edward Said y las enseñanzas sobre el enemigo que le trajo el judaísmo. Ante ello decide ir más allá y contar sobre la historia que quedó por decir, al mismo tiempo que recorre Damasco o Jerusalén. 

Autorretrato es también un lugar de encuentro con la madre. Pasajes y pasajes de diálogos se estructuran en una relación en la que muchas de las mujeres de sus personajes son capaces de encontrarse en la voz y en la risa de su madre, a quien describe como una buena oreja para escuchar guiones y repasar historias. Lo mismo ocurre con el padre, pero en la voz de la religión y, por cierto, desde el mandato de lo edípico donde se reconoce “(…) completamente dentro” o diciendo: “No he resuelto nada. Abuela, abuelo, madre, padre. Salgamos. Salgamos”. El padre de Akerman fue parte de una generación “sacrificada” que le impuso a la de los hijos e hijas el “deber de memoria” y el recordatorio de que hay cosas sobre las que siempre será complicado y biográficamente ajeno hablar, porque no viviste el dolor directo del horror y la pérdida del Holocausto.

Pero cómo no volver a lo edípico a la hora de preguntarse por la propia escritura. Akerman lo hace seguido mostrando de qué lugares extrae formas y tiempos.  Barthes, la literatura menor de Deleuze y Guattari, o también el auto recordatorio de la necesidad de leer a filósofos griegos y Heidegger que no funciona. El libro entre la pregunta por la escritura, la historia familiar, su historia del cine y un eterno grupo de personajes que se entremezcla entre amigos, actores y protagonistas de películas, actúa como un loop envolvente, al que por más atención que se le ponga para seguirle la pista, algo de la pluma interrumpe el propio acto de recordar sobre la lectura, como un recurso insistente para no terminar una historia que apenas tiene un encargo: el de terminar una autobiografía para la retrospectiva.

Autorretrato tiene la capacidad de ser un libro sobre el pasado que dialoga con el presente en atención a su capacidad de retornar las mismas preguntas existenciales una y otra vez. Si la madre tuvo alguna vez que responder ante la necesidad de “hacerse cargo de su vida”, para la Chantal Akerman de 1968, de la explosión de sus primeras películas (una metáfora que utiliza a propósito de Saute ma ville (1968)), insiste la necesidad de crecer, y de verse con 24 o con 36 directo hacia los 18 años, y comparar que sigue vivo del éxito del amanecer de su cine, si alguna vez se convirtió en taquilla, si acertó o no con el documental, o si la comedia o tal o cual filme llegaron en el momento preciso.

Como muchas de las reflexiones sobre el cine sugieren, y como mencioné a cuento de la historia en fragmentos de Autorretrato, esta autobiografía es una historia sobre el tiempo que sabe ser elegante en su manera de preguntarse en torno al pasado. Elegante (aunque la cineasta reconoce en ella más pobreza que recursos), por su astucia y creatividad para decir ––a través de sus múltiples voces–– un relato del que cuesta desprenderse. La pluma de Akerman es dulce. Es posible imaginarla con la ropa y las voces de las mujeres de sus filmes, y, a pesar, de las tangibles críticas que hace al rol de las mujeres en el cine, vuelve sobre el espacio de lo privado y de lo íntimo conmovida, y a veces no tan convencida sobre los movimientos y las imágenes que conformaron las películas, que, reconoce, ya no vuelve a ver. Ya no vuelve a ver, pero este libro si lo habrá de releer, dice. Para censurarse en día domingo, en ese buen día para escribir. Y aunque rara vez se censura, este escrito no ha sido nada menos que un grito y una válvula de escape, un desgarro, pero también un suspiro de cientos de voces en muchos diálogos dichos en off.

 

 
Como citar:
Glavic, K. (2026). Autorretrato de cineasta, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/autorretrato-de-cineasta/1295