La película nos presenta a Celeste, una adolescente de quince años que pasa los días del verano con su familia y amigos en una playa junto al desierto de Atacama. En un principio, la cinta de Nayra Ilic parece adoptar la forma de un relato adolescente convencional, con jóvenes corriendo hacia el mar, fiestas, fogatas y la despreocupación propia de las vacaciones. Sin embargo, bajo esta superficie de rutinas cotidianas llevadas a cabo al calor del verano y el desierto, el relato sufre una fractura profunda con la muerte repentina de su padre (Néstor Cantillana) durante un juego en la playa. Este evento hunde a su madre (Daniela Ramírez) en una crisis y obliga a Celeste a enfrentar un duelo que se mezcla con el misterio de lo que su padre le ocultaba tras las cintas rojas colocadas en las rocas y las excavaciones realizadas por terceros cerca de la carretera.

Entremedio de esta atmósfera festiva y de misterio el pasado político y la memoria histórica de un país ad portas de un cambio irrumpen en la imagen e intentan infiltrarse en la trama principal. En un inicio, la construcción narrativa de la película tiende a “cortar” o alejar estos momentos cargados de dolor y de reparación y justicia, en pos de la protección de la inocencia de Celeste por parte de su entorno familiar. De esta manera, vemos indicios del contexto en detalles cotidianos, tales como un arcoíris del “NO” rayado en un baño público, o el gesto de apagar la radio cuando se anuncia que Pinochet dará un discurso de celebración por el año nuevo. No obstante, a medida que la protagonista busca respuestas, la película deja de lado la evasión y comienza a enfrentar el horror de la dictadura. Entonces, lo que inicialmente se nos presentó como una búsqueda arqueológica de animales marinos extintos se revela, poco a poco, como la labor de búsqueda de detenidos desaparecidos a manos de una comitiva militar que, entre el 30 de septiembre y el 22 de octubre de 1973, recorrió distintas regiones del país y ejecutó a más de 90 personas: la caravana de la muerte.
De esta manera, en la película se instala una exposición del dolor y la desgracia propia de quienes viven un duelo sin cerrar. Acompañamos así a Celeste en su tránsito por espacios de todo tipo (su casa, el desierto, la oficina de su padre, fiestas, la carretera) y diversos estados anímicos (alegría, pena, rabia) que van conformando su identidad frente al descubrimiento del horror y al deseo de aferrarse al recuerdo de su padre. Esta sensación de búsqueda constante, tanto de Celeste como de su familia, se refuerza por la estética de la película, por medio de planos generales que transmiten la pérdida del sujeto ante la inmensidad del territorio, el uso de material de archivo y el movimiento de la cámara, la que fluctúa al ritmo del viento y de la persecución de las montañas, como si debajo o detrás de ellas se escondiera una verdad difícil de ignorar. Al mismo tiempo, estos aspectos formales de la película permiten reconocer que la dictadura opera como un espectro que regresa a través de los detalles de la vida cotidiana. Esta construcción visual no solo sitúa la acción en un terreno yermo, sino que dramatiza la experiencia del sufrimiento y la búsqueda de una verdad en la que el desierto se ha convertido, por años, en el único testigo de la crueldad.
La película cierra el relato con el advenimiento de un eclipse solar, a través del cual se representa el triunfo de las sombras que se proyectan sobre el presente, trayendo de vuelta aquel pasado doloroso y conectando el duelo personal con la memoria colectiva.
A partir de lo expuesto, hay tres aspectos de la cinta que destaco, en tanto eslabones estéticos que aportan en la construcción de la memoria histórica del país. El primero se refiere al paisaje desértico como archivo. En la película, el desierto de Atacama deja de ser un mero escenario geográfico para convertirse en un espacio de construcción de memoria. Al inicio, se nos presenta como un lugar de recreación donde los personajes dejan atrás el árido suelo para correr, envueltos en júbilo, hacia el mar. Sin embargo, con el pasar de los minutos entendemos que el desierto es mucho más que un espacio inhóspito o el mero contexto de la alegría adolescente y familiar de las fiestas de fin de año; el desierto, para el ojo de la directora, revela una naturaleza distinta, donde funciona más bien como un archivo de los restos de la violencia de Estado perpetradas durante diecisiete años.
El segundo versa sobre la muerte del padre como impulso del resquebrajamiento del secreto. La muerte repentina de Alonso durante un juego de paletas en la playa no es solo una tragedia familiar, sino el motor que activa el desmantelamiento del silencio que se había instalado en torno a Celeste. Su fallecimiento obliga a su hija a transitar desde la inocencia protegida hacia el horror de la realidad nacional, marcada por la vulnerabilidad, el dolor y la búsqueda permanente de comprender qué es lo que ha ocurrido. Así, la búsqueda de Celeste en la habitación de su padre, oliendo su ropa y encontrando rollos de fotos no revelados, puede interpretarse como la necesidad que tiene un país por revelar su pasado que ha estado oculto por tanto tiempo.
El tercer y último de los aspectos alude a la celebración del año nuevo como un umbral abierto hacia la transición política del país. Es un momento en el que la fiesta y la alegría por el término del año se asemeja al júbilo por el fin de la dictadura. Sin embargo, esta celebración debe convivir con el pasado y los horrores ahí experimentados. Esta celebración marca el fin de un ciclo y el comienzo de una incertidumbre. El año nuevo funciona así como una metáfora de la transición: un país que intenta celebrar su libertad mientras bajo sus pies, en el mismo desierto donde festejan, permanecen los restos de la violencia. Es la cotidianidad volviéndose política, donde el inicio del nuevo año no puede desprenderse de las huellas de lo que ocurrió antes.
Cuerpo celeste sitúa, por medio de las imágenes, una reflexión sobre el duelo sin cerrar en el Chile de la transición. El camino que transita Celeste representa la necesidad de las nuevas generaciones por hacerle frente a las huellas dejadas en el desierto por la violencia de la dictadura liderada por Pinochet. De esta manera, la memoria histórica de Chile se reconoce como un ejercicio de arqueología constante, donde el pasado no es algo que se debe buscar, sino que es algo que nos encontrará si es que estamos dispuestos a mirar. De ahí la importancia de la frase que entrega Alonso: “La clave es mirar sin buscar”, pues a partir de ella entendemos que un país no puede construirse sobre la negación del pasado, sino que es necesario que esté dispuesto a reconocer los horrores si es que quiere dar paso a la reparación y a la justicia.
Sánchez, J. (2026). Cuerpo celeste, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/cuerpo-celeste/1302