Romain Goupil

El fin de la ilusión

Por Iván Pinto Veas

Biografía +

Crítico de cine, investigador y docente. Doctor en Estudios Latinoamericanos (Universidad de Chile). Licenciado en Estética de la Universidad Católica y de Cine y televisión Universidad ARCIS, con estudios de Comunicación y Cultura (UBA, Buenos Aires). Editor del sitio http://lafuga.cl, especializado en cine contemporáneo. Director http://elagentecine.cl, sitio de crítica de cine y festivales.


 
 

Durante su visita a Chile, invitado por el Instituto Francés de Chile, el cineasta francés Romain Goupil desarrolló una intensa agenda de actividades que incluyó espacios de diálogo en la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales, así como una retrospectiva de su obra en Centro Arte Alameda y la Cineteca de la Universidad de Chile. Entre las exhibiciones destacó Morir a los treinta años (1982), documental considerado uno de los testimonios cinematográficos más significativos de la revuelta parisina de 1968.

Tan prolífica como polémica, la trayectoria de Goupil ha transitado desde una militancia claramente vinculada a la izquierda revolucionaria hacia posiciones que algunos han caracterizado como más liberales, e incluso cercanas a ciertos sectores de la derecha. Figura pública de amplia notoriedad en Francia, sus intervenciones en televisión y prensa escrita han generado frecuentes debates, particularmente a raíz de su apoyo a la candidatura presidencial de Emmanuel Macron en 2017.

En esta conversación abordamos no solo su célebre documental sobre Mayo del 68, sino también otras obras de su filmografía, entre ellas La Traversée (2018), un documental construido como diálogo con otro heredero y protagonista de aquella generación: Daniel Cohn-Bendit. Agradecemos al Instituto Francés de Chile su colaboración en la gestión de esta entrevista.

Esta retrospectiva reúne tres películas muy distintas entre sí: Kiev, dos plazas de la victoria (2022), que funciona como un reportaje; Morir a los treinta años (1982), situada entre el documental autobiográfico y el ensayo político; y Les Mains en l’air (2010), una ficción protagonizada por niños que se rebelan frente a una injusticia. Antes de hablar de las otras películas, me gustaría comenzar con Morir a los treinta años. Vista hoy, más de cuarenta años después de su estreno, la película parece ocupar un lugar singular dentro de la memoria política de la izquierda europea. Da la impresión de ser una obra atravesada por el duelo. ¿La ves también de esa manera?

Romain Goupil: Sí, pero no se trata solamente del duelo por una persona. Es el duelo de una generación. Es el duelo de una ilusión. Hoy podemos llamarla ilusión, aunque entonces no la viviamos así. Éramos jóvenes, estábamos llenos de entusiasmo y profundamente comprometidos con la militancia política. Creíamos sinceramente que podíamos cambiar el mundo. Toda nuestra formación política nació de la oposición a la guerra de Vietnam. Con Michel Recanati y muchos otros participamos intensamente en los movimientos estudiantiles. Llegamos incluso a ocupar posiciones de liderazgo en las organizaciones juveniles de la época. En 1968 sentíamos que la historia estaba abierta. A comienzos de los años setenta todavía existía la convicción de que una transformación revolucionaria era posible. Sin embargo, hacia 1973 comenzaron a producirse acontecimientos que modificaron profundamente nuestra percepción de la realidad.

Recuerdo particularmente la gran manifestación del 21 de junio de 1973 en París. Fue probablemente la movilización más organizada, más disciplinada y también más violenta que habíamos conocido. Muchos pensaban que aquello representaba un avance hacia una situación insurreccional. Pero pocos meses después ocurrió el golpe de Estado en Chile. Ese acontecimiento tuvo un efecto devastador sobre nuestra generación. Nos obligó a reconsiderar muchas certezas. De pronto comenzó a derrumbarse la ilusión de que la lucha armada podía conducir automáticamente a la emancipación social.

Durante años habíamos imaginado escenarios inspirados en la Revolución Rusa. Creíamos posible reproducir, de alguna manera, la experiencia de 1917 en las condiciones políticas de los años setenta. Mirado retrospectivamente, aquello parece extraordinariamente ingenuo. Fue entonces cuando comenzó una reflexión mucho más crítica sobre nuestra propia historia.

Sin embargo, muchas personas siguen viendo Morir a los treinta años como una película profundamente revolucionaria

Romain Goupil: Y eso es precisamente lo interesante. Muchas personas interpretan la película como una celebración épica de la militancia revolucionaria. Para mí era casi lo contrario. La concebí como una película atravesada por la pérdida. Quería comprender qué había ocurrido con nuestras esperanzas y con nuestros amigos. Quería pensar el final de una ilusión política. Lo sorprendente es que algunos espectadores siguen encontrando en ella una energía revolucionaria. Tal vez porque conserva la intensidad emocional de aquella experiencia. Todavía hoy, cincuenta años después, las proyecciones generan discusiones intensas. Ocurre en Francia, en Bélgica, en Portugal e incluso en otros países. Hay espectadores que continúan viendo la película desde la lógica de las antiguas divisiones ideológicas. Después de las funciones suele suceder algo curioso: puedo expresar mis desacuerdos con ciertas formas de militancia y, aun así, algunas personas reaccionan acusándome de traición. Me dicen: “Tú eres quien se equivocó”. O incluso: “Te convertiste en un apóstata”. Es una reacción que revela hasta qué punto esas experiencias siguen siendo emocionalmente poderosas.

Hace un momento mencionabas tu desconfianza hacia el cine demasiado discursivo. ¿Dirías que existe una crítica al cine militante en Morir a los treinta años?

Romain Goupil: Absolutamente. Yo mismo hice cine militante. Conocía perfectamente sus mecanismos. Sabía cómo construir una película destinada a producir adhesión emocional: mostrar a los militantes trabajando, los panfletos, las reuniones, los discursos, los aplausos. Todo ello conduce a una especie de catarsis colectiva entre espectadores que ya comparten las mismas convicciones. Pero precisamente ahí aparece el problema. Ese tipo de cine suele confirmar aquello que el público ya piensa. Rara vez introduce una verdadera complejidad. Con el tiempo comprendí que no me interesaba realizar películas que ofrecieran respuestas cerradas. Me interesa mucho más el cine que plantea preguntas y genera contradicciones. El cine tiene una tendencia natural a construir demostraciones: un comienzo, un desarrollo y una conclusión. Incluso muchas ficciones funcionan así. Pero la realidad no funciona necesariamente de ese modo. Mi aspiración como cineasta consiste en producir un espacio abierto de reflexión. Me gustaría que dos espectadores contemplaran la misma escena y extrajeran conclusiones distintas. Que una imagen permaneciera viva precisamente porque no se deja reducir a una única interpretación. Por eso me interesan las paradojas, las ambigüedades y las contradicciones.De alguna manera, mis películas intentan situarse en las antípodas del cine propagandístico, incluso cuando abordan cuestiones profundamente políticas.

Al final de la proyección hubo una conversación sobre la izquierda actual que parece provocar bastante controversia…

Romain Goupil: Sí, porque no todos mis colegas están de acuerdo. Tengo la impresión de que gran parte de las luchas sociales iniciadas desde la Revolución Francesa obtuvieron importantes victorias históricas. Las conquistas sociales, la educación pública, la protección social, los derechos laborales, la protección de mujeres y niños: muchas de esas batallas fueron ganadas. Y justamente ahí aparece una paradoja. Quienes obtuvieron esos logros también adquirieron una posición social más estable. Compraron casas, automóviles, construyeron una vida relativamente segura. Entonces surge el miedo a perder lo conquistado. En cierto sentido, eso contradice algunas de las predicciones clásicas del marxismo. La historia no evolucionó exactamente como muchos pensaban. Hoy observamos cómo personas que en otro tiempo se consideraban progresistas pueden adoptar posiciones defensivas, conservadoras e incluso reaccionarias cuando sienten amenazada su seguridad material. Esa transformación me parece uno de los grandes problemas políticos de nuestro tiempo.

Décadas después realizaste La Traversée (2018) junto a Daniel Cohn-Bendit. Allí aparece una mirada muy diferente sobre la historia política francesa.

Romain Goupil: Porque Daniel comprendió algo fundamental. Fue uno de los pocos que entendió que Mayo del 68 no había sido una revolución bolchevique frustrada. Lo que ocurrió en 1968 fue, ante todo, una revolución cultural. Ocurrió en Francia, pero también en Berkeley, en Japón, en Gran Bretaña y en muchos otros lugares. Era una rebelión de la juventud contra el orden moral heredado de la posguerra. No se trataba simplemente de tomar el poder del Estado. Se trataba de transformar las formas de vida, las relaciones entre hombres y mujeres, la educación, la sexualidad, la cultura y la autoridad. Con Daniel seguimos discutiendo de política permanentemente, pero compartimos esa interpretación. La Traversée es, en cierto sentido, el reverso de Morir a los treinta años. Allí no hablo con un amigo muerto, sino con un amigo que sigue vivo y con quien puedo discutir sobre una Francia completamente distinta de la que conocimos en nuestra juventud.

En Les Mains en l’air aparece la historia de un niño migrante amenazado por la expulsión. Da la impresión de que esa película traslada hacia el presente una preocupación política distinta a la de tus primeros trabajos.

Romain Goupil: Sí, porque hoy la cuestión central ya no es la misma que en los años sesenta o setenta. En la película los protagonistas son niños de once o doce años. Lo interesante es que no creen en los adultos. No creen en los profesores, ni en las instituciones, ni en las autoridades. Lo único que hacen es organizarse entre ellos para enfrentar una injusticia. Eso me interesaba porque expresa una transformación profunda de nuestra época. La confianza en las instituciones se ha debilitado enormemente. Para mí, la cuestión migratoria se ha convertido en uno de los principales campos de conflicto político contemporáneo. Es allí donde se juega una parte importante del futuro democrático europeo.

En tus películas recientes aparece también una reflexión sobre Europa. ¿Sigues creyendo en el proyecto europeo?

Romain Goupil: Durante muchos años sí. Para mí, para Daniel Cohn-Bendit e incluso para una parte del entorno político que posteriormente acompañó a Emmanuel Macron, Europa representaba un ideal. Soñábamos con una especie de Estados Unidos de Europa. Creíamos que la integración europea podía convertirse en una respuesta democrática frente a los nacionalismos que habían devastado el continente durante el siglo XX. Sin embargo, hoy observamos un escenario muy diferente. Vemos el ascenso de gobiernos nacionalistas y de extrema derecha en numerosos países. Hungría, Italia, Eslovaquia, Austria, sectores importantes de Alemania. Observamos discursos que hace apenas unas décadas parecían impensables. Para mi generación esto constituye una derrota histórica. Sentimos que parte de aquello por lo que luchamos durante décadas se encuentra hoy amenazado.

Frente a este panorama, ¿qué papel puede desempeñar el cine?

Romain Goupil: Esa es una pregunta fundamental. Durante gran parte del siglo XX existió la convicción de que el cine podía educar políticamente a las masas. Tanto los revolucionarios como los conservadores compartían, curiosamente, esa misma idea.

Lenin consideraba que el cine era el arte más importante de la época moderna porque permitía formar conciencia política. Pero también Hollywood, el macartismo y toda la industria cultural estadounidense comprendieron perfectamente el poder ideológico de las imágenes.

Durante mucho tiempo el cine fue una herramienta política de primer orden. Sin embargo, yo desconfío cada vez más de la idea de que una película pueda transmitir una verdad cerrada o una enseñanza definitiva. Lo que me interesa es otra cosa. No quiero que todos los espectadores piensen exactamente lo mismo cuando ven una película. Mi aspiración es casi la contraria. Quiero que una misma imagen provoque interpretaciones diferentes, incluso contradictorias. Quiero que las películas permanezcan abiertas. Por eso desconfío del cine puramente discursivo o propagandístico, incluso cuando comparto sus intenciones políticas.

 

 

 
Como citar:
Pinto Veas, I. (2026). Romain Goupil, laFuga, 29. [Fecha de consulta: 2026-06-08] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/romain-goupil/1319