Contra el espectador tuerto

Como ver sin verse

 
 


I 
Freud le llamó al inconsciente el ‘ello’ y no ‘esto’ ni ‘aquello’ y también dijo que lo ominoso es eso que siendo familiar se ha vuelto extraño. Lo primero, es algo que no podemos nombrar y lo segundo algo a lo que le teníamos nombre y ya no sabemos cómo llamarlo. Dicho de otra forma, lo primero es algo siempre desconocido y lo segundo algo que creíamos conocer y nos termina haciendo desconocidos a nosotros mismos. 
Si The It de Stephen King daba miedo era porque ese monstruo cambiaba de forma sin que pudiera ser nombrado jamás como nada fuera de un ‘eso’. Si siempre le temiste a las arañas por lo menos tu miedo tiene un nombre o un lugar establecido. Si tu terror es a los ascensores hay un objeto que puede representarse como enemigo y un aliado que te salva llamado escalera. 
Al fin y al cabo, eso que logramos nombrar o nos tranquiliza o nos permite darle una forma que nos dé la posibilidad de evitarlo es algo que nos da la seguridad de que podemos mirar sin que nos mire. 
Es un objeto y no una cosa. 
¿Pero qué sucede cuando tu hermana de 12 tuvo 14 y dejó de ser inofensivo y empezaste a pensar que los demás la empezaron a mirar distinto? ¿Qué pasa cuando el tango Desencuentro dice la araña que salvaste te picó? ¿Por qué los japoneses nos siguen dando miedo con las películas de terror que hacen y si vemos ahora a Freddy nos parece un poco chistoso? ¿Qué hace necesario los remakes gringos de esas mismas películas y para qué son hechos? 
Se suele pensar que es porque hay que darle más ritmo a las cosas o que se le pueden agregar otras más acordes a un público masivo. 
En realidad nadie agrega nada sino que deberíamos llamar a eso estucar. 
Eso es lo que suele hacerse y la lógica es la siguiente: 
Pongamos una cara más conocida y démosle más ritmo. Y dar más ritmo termina siendo la mayor parte de las veces sacar todo lo que a veces hace de una película algo interesante. 
En realidad los remakes suelen ser, la mayor parte de las veces, una especie de adaptación de lo bueno que pudo ser algo a otra cosa con un respirador artificial. 
No sé cuál es ese afán de que todo pudiera decirse más simple. Que las cosas pudieran ser siempre otras. Que podemos ser siempre una especie de Lego al que una pieza le calce. Y por último que todo podría ser hecho a nuestra imagen y semejanza.

II 
Los judíos tienen la costumbre de que cuando alguien muere se tapan los espejos. Los vampiros están destinados a inventarse una imagen. Antes de que supiéramos que primero hubo una teta y después una madre o que papá o mamá eran esos objetos gigantescos, aún las cosas no nos miraban. 
Y es raro pensar que desde ese momento empezamos nosotros a transformar las cosas en objetos y en ese mismo instante, hacer de la mirada algo sólo hacia fuera. Algo tan simple como sentarnos en el water un domingo a leer el diario y salir feliz del baño. 
Si tu madre le muestra una foto a tu novia de cuando tenías 5 años y te avergüenza o te pones a pensar que eras mucho más lindo en esa época o que no tenías ojeras es porque no estás mirando ninguna foto. 
Ella te está mirando a ti. 
No sé si me explico que algo de esa foto no termina en la ilusión de que esa imagen está ahí congelada sólo para ser vista. No es como esa foto que algunos padres, viéndose con patas de elefante, los lleva a decir: ‘qué locos que éramos’ como si incluso usar ese pasado no los describe ahora en el presente. 
Y hacen muecas como queriendo decir: ‘pero ahora somos esto’, así que podemos reírnos de que ya no lo somos. 
Es la ilusión de que podremos algún día hacer que las cosas no nos vean, como esas viejas de mierda que mientras más cirugías se hacen más viejas se sienten aún. 
Es como The Happening (2008) de Shyamalan donde las cosas se cansaron de que sólo podían ser vistas y no devolvernos nada. 
Es la revancha de los pájaros de Hitchock que un día se cansaron de ser clasificados sólo en las enciclopedias chinas de Borges y Foucault. 
¿Qué significa ser un espectador en la era de la tecnología y el entretenimiento? 
¿Cuánto hemos perdido por tener el control en la mano y hacer nuestras propias películas? 
Y no se trata de esa estupidez del todo tiempo pasado fue mejor, sino de que pareciera que cada vez más el rebaño creyera que pagar la entrada implica irse a lo seguro. Elegir si ese día se quiere llorar o reír como si se estuviera eligiendo un cepillo de dientes. 
Es como si lo incompleto se transformó de un tiempo a otro en una falla al estilo de una pizza prometida en 30 minutos que llegó en 35. 
Y eso es justamente lo que suele pedir el espectador promedio. 
Pide que le devuelvan la diferencia como si estuviera comprando en el supermercado de las películas y no le dieron lo que prometían los medios. Actúa como si un director fuera su puto junior. 
Es paradójico que pida esa devolución de la diferencia cuando justamente de eso quiere escaparse. 
Quiere que lo dejen comer tranquilo. Quiere poder comentarle la película a su novia si está aburrido. Quiere ser dueño de su entrada pero no quiere entrar en realidad a ningún lado. 
De esta forma, el cine que podría justamente plantear diferencias en formas de pregunta, o que cuando salgas de la sala y te tomes un vino te permita decir que una escena cagó toda la película, se transforma en algo que al no exigirle tampoco te exige. 
Por último poder decir que la película era una mierda porque por lo menos te hizo pensar algo y no sólo decidir dicotómicamente entre “entretenida” o “fome”. 
Yo vine a ver “una de acción” y el protagonista se la pasó hablando media hora así que quiero que me devuelvan la plata. 
A veces pareciera que se va a ver una película por si en la cena del viernes hablan de ella. 
Ahora hasta hay empresas de mudanzas que te embalan todo y etiquetan más meticulosamente y mejor que tú. 
¿Pero por qué razón el cine debiera ser eso?

III 
- ¿Qué vas a ir a ver al cine?- Le dijo FT a JC.
- No sé….voy a ir…….. a ver si él me mira un rato. 
La masa que paga compra seguridad y a un director que le diga que si matan a 500 esa es la mejor metáfora de la muerte. Compra la certeza de que si hay una cámara lenta es porque ese es un momento humano de importancia o que si hay un primer plano de una mano sobre otra eso es cariño o reconciliación. 
La trivialidad y la repetición produce seguridad y para eso tenemos a los que se suelen llamar críticos de cine cuando en realidad suelen ser como esos antiguos acomodadores que te llevaban a tu butaca para que no te perdieras en el camino. 
Y si todo esto se tratara de algo privado donde los actos íntimos quedaran sólo en eso, no habría problema para mí por lo menos, pero si pensamos incluso en la vieja/nueva frase de Simon De Beauvoir que dijo que todo lo privado es político nos encontramos con un panorama muy distinto. 
Tal vez suene como un fascista de vieja escuela pero para mí no se trata de que mi hastío sea sólo un tema mío. Se trata de que la multiplicación de vacíos a tapar ya no sólo es algo externo al cine sino que cuando empezamos a pensar trivias porque no somos ni capaces de soportar que la película empiece o empezamos a sumarle a la industria del cine un cordero al palo comprado en la entrada es porque empezamos a hacer todo para no hacer nada. 
Y sumémosle la dictadura de lo sensorial que entrena cada vez más la retina en explosiones que hacen que con lo que se gastan en 10 minutos de una película podrías hacer 50 más. 
Y la masa ya no soporta los silencios y si se los banca es porque asumen la posición del que dona plata a los pobres o dice antes de entrar a la sala: ‘Hoy vengo a ver cine arte, es mi buena acción del día’. 
Y yo me cago en el cine arte. 
El cine es a secas o no es nada. 
Te puede gustar o no gustar y eso incluye defender Gladiador (Ridley Scott, 1997) por sobre Dogmas hechos películas. Al fin y al cabo se trata de que el cine sea lo que debe ser y que vayas a ver una película y te la banques sin andar pidiendo retribuciones idiotas creyendo que ser espectador es lo mismo que ser consumidor. 
Alguna vez había que arriesgarse al snobismo y decir que nadie puede o por lo menos no siempre, ir a ver películas citando actores. Y sí, había que decirlo, ir a ver la película de un actor x porque está en tal película es asumir una especie de dictadura del productor o de que te da lo mismo quién mira sino que es más importante a quién se está mirando. 
Y de esta forma lo sensorial empieza a dictar pautas mientras reina un cine que empieza a entrenar a un espectador que cree que puede decirse todo construyendo como diría Comolli “un discurso hegemónico de lo visible”. 
Todo esto es lo contrario a esa canción de Aleste que decía “Hay un límite que rompe el deseo” porque es justamente el límite lo que permite desear, sin darnos cuenta que mientras menos se frustre la mirada de lo que queremos ver menos espectadores seremos. 
Mientras sigamos pretendiendo que existe el encuadre perfecto o hagamos de cualquiera de ellos una especie de externalidad al que está eligiendo dejar algo afuera y algo dentro, terminaremos yendo al pelicólogo a que nos diga qué película necesitamos y eso es justamente lo que creo que está pasando de a poco. 
El cine es y será, si creemos que hay dos ojos y no una multinacional detrás de la cámara, lo que siempre le faltará al espectáculo y lo que permite un público que no se sorprenda solamente con los oooooo de los efectos especiales sino que también con lo que no se sabe de dónde viene, que a veces es físico pero no en la pantalla sino en el cuerpo. Con que no entender algo de forma directa, no necesariamente es un error del director sino la razón de que cuando elige nunca está realmente seguro de lo que dejó de lado o de lo que quiso contar. Y es más, a veces suele contarse lo que no se pudo decir completamente de otra forma. 
Decir, cantar, filmar, o pintar, son todas maneras de querer decir algo y si realmente se supiera correctamente qué decir, nadie cantaría, filmaría o pintaría porque no tendría mucho sentido hacerlo. 
Buscar como consumidores que esa mirada sea satisfecha es ir a ver pero no querer ser mirado por las cosas. 
Es como si fuéramos a ver un partido de fútbol sabiendo el resultado de antemano. 
Es ser tan perfectamente idiotas que hasta sería merecido cobrar un sueldo en vez de pagar una entrada. 
En realidad creo que se está pagando por la ilusión de entrar al cine a confirmar lo que ya sabías antes de sentarte. Se paga por ver las cosas que le pasan a los otros pero intentando salir indeleble más que endeble. 
A veces mientras más efectos menos efecto. Mientras más explosiones menos implosiones. Mientras más buenos buenos y malos malos, menos grises. 
No digo que una buena película es esa aburrida o no entendible, pero sí, que hacer del cine una papilla de Gerber, no sólo me da rabia sino que es demasiado idiota. 
Es que este cine es arte, así que debo ir preparado para eso porque me dirán cosas importantes e inteligentes. 
Es que no me gusta el cine iraní. 
Es que los franceses se la pasan hablando todo el rato y a los rusos se los cagó Dostoievski. 
El nuevo espectador no sólo ya no necesita los huevos de Annie Hall (Woody Allen, 1977) sino que cada vez tiene menos. 
‘Doctor, mi hermano se ha vuelto loco. Se cree que es una gallina. Y el médico contesta: Bueno, ¿y por qué no hace que lo encierren? Y el tipo le replica: Lo haría pero es que necesito los huevos. En fin, yo creo que eso expresa muy bien lo que siento acerca de las relaciones. ¿Saben? Son completamente irracionales, disparatadas, absurdas… pero, ah, creo que las seguimos manteniendo porque, ah, la mayor parte de nosotros necesita los huevos’.
En fin, eso dice muy bien lo que he intentado decir del cine. Se trata de no sólo necesitar los huevos sino de jamás tener la certeza de que ese hermano que se cree gallina está totalmente loco. 
El día que desaparezca esa paradoja, desaparecerá también el cine.

 

 
Como citar:
(2008). Contra el espectador tuerto , laFuga, 8. [Fecha de consulta: 2017-10-22] Disponible en: http://2016.lafuga.cl/contra-el-espectador-tuerto/330